17/12/10

Filmación de una corrida en los primeros años del siglo XX.



 Filmación de una corrida de toros a principios del siglo XX.

 "Los de a caballo se han retirado, en ocasiones a pie, como podremos comprobar por las cabalgaduras muertas."

  Un poco de historia (copiada del blog "Opinión y Toros").

 
El peto.Bueno para la protección del caballo, su uso indebido marcó el inicio de la degeneración de la suerte de varas.

Quien lea una crónica de antaño no podrá dejar de sorprenderse del número elevado de puyazos y caballos muertos en cada corrida. Tomemos como ejemplo la tercera de abono realizada en Madrid en 1889 en la que actuaron Francisco Arjona Currito, Salvador Sánchez Frascuelo y Ángel Pastor frente a un bravo encierro de seis toros de Agustín Solís que tomó en total 48 varas y mató 20 caballos; de los toros destacó Jaquetón que tomó nueve varas y mató seis caballos. La verdad es que muchos de los puyazos de entonces no pasaban de ser picotazos o simples amagos pues picar al toro sobre un caballo a pecho descubierto, sin peto, y con una pica en la que la púa de acero apenas asomaba del tope conformado de un grueso encordelado en forma de limoncillo o esfera, era sumamente difícil porque, debiendo el picador tirar la vara para parar al toro antes que llegara a su cabalgadura, muchas veces la bola del encordelado pegaba en el animal sin que la puya hubiese entrado en el morrillo y la cogida del caballo era inevitable.
En el primer reglamento del que se tiene noticia, elaborado en 1846 por Melchor Ordóñez, jefe político de Málaga, se establece, entre otras cosas, que el toro no tenga menos de cinco años cumplidos ni más de ocho y que la cuadra de caballos para picar sea de 40 ejemplares. Como se ve, los toros eran cinqueños y no sobraba optimismo con respecto a la suerte de los jamelgos que habrían de participar en la suerte de varas. El desagradable espectáculo que significaba ver los caballos muertos en el ruedo, en medio de charcos de sangre con las verdosas vísceras expuestas al público, dio motivo para que en el reglamento de 1917 se obligara a que tales cadáveres fuesen cubiertos con tela de arpillera.
  
La preocupación por la integridad de los caballos se hace manifiesta desde fines del siglo XIX y en 1909 un grupo de cronistas taurinos propuso al gobernador de Madrid se les colocasen petos a las cabalgaduras que habrían de actuar en las corridas a celebrarse con motivo de las bodas del rey don Alfonso XIII; ignoro si se hizo o no y si aquello funcionó. El 18 de octubre de 1917 se probó un peto en Madrid que no dio buen resultado. En 1928, por Real Orden, se hace obligatorio el uso del peto en plazas de primera y potestativo en todas las demás. Pido disculpas al lector por señalar tantas fechas relacionadas con los ensayos y fracasos para la implantación del peto pero el hecho que naciera oficialmente catorce años después -y no antes- del reglamento de 1917, fue fatal para la suerte de varas y la fiesta, como lo veremos en otro momento

El noble propósito de proteger al caballo con el peto es plausible y su uso no debería haber variado la forma de picar como lo establecen los cánones de la tauromaquia, sin embargo, la realidad fue diferente. El picador lo usó como una ventaja adicional a la que ya tenía con la malhadada puya del reglamento de 1917 que le permitió hacer heridas cuatro veces más profundas que las que jamás pudo hacer con la pica de limoncillo.

Los primeros petos se ajustaban al cuerpo del caballo y le cubrían sólo sus partes vitales lo que permitía al toro que lo alcanzara romanear (levantarlo) y sentir la sensación que podía ganar la pelea. Cuando se le agregó el faldón que hasta hoy se usa –un verdadero colchón que rodea y cubre al caballo con una coraza que llega a 65 centímetros del suelo y lo convierte en una muralla- cualquier intención de romaneo es imposible y la res,  después del primer encontronazo, sale conmocionada doblando las manos.
Si el peto se usara con el único noble propósito de evitar la cogida y muerte del caballo en caso de accidente o impericia del picador, sería perfecto. Pero no es así. Salvo honrosas y meritorias excepciones, lo normal es que el picador deje destroncarse al toro contra la cabalgadura para desde lo alto de su ubicación picarlo según  se lo haya indicado su matador al que sirve y debe obediencia.
Conclusión:Aplauda usted amigo lector al picador que con la vara detiene al toro sin permitirle llegar al peto de su caballo y pite a quien lo deja estrellarse contra su cabalgadura. La pelea del toro es con el picador, no con el caballo blindado que monta.

1 comentario:

Alicia Redel dijo...

!Qué barbaridad lo de los caballos!Bueno, antes y ahora será siempre una barbaridad. me pregunto porqué a la gente le gustan los espectáculos crueles, quiero recordar los circos romanos o a lo largo de la historia las ejecuciones públicas con la hoguera o la guillotina...¿porqé ese gusto por los espectáculos de tortura, sangre y muerte? ¿Tan malas somos las personas? para mi es todo un enigma.