2/3/11

La gran fiesta nacional: de la Inquisición a la Tauromaquia



Transcribo una conversación que aparece en el libro de Blasco Ibañez, "Sangre y Arena" (1908) entre el banderillero de confianza de Gallardo, el torero que protagoniza el libro, y el médico que le atendía después de una grave cornada.

He encontrado una cita de Blasco Ibañez, en la que queda claro su pensamiento sobre las corridas de toros:

"Yo, que escribí la novela del toreo, gusto muy poco de las corridas de toros, y de las gentes que en ella intervienen".





Esta novela fue llevada al cine. Se hicieron cuatro versiones, una 1916, otra en 1922, otra en 1941, y la última en 1989, todas con el mismo título: "Blood and Sand". La segunda fue protagonizada por Rodolfo Valentino, Lita Lee, y Nita Naldim siendo dirigida por Alice Terry. La tercera, dirigida por Rouben Mamoulian, y protagonizada por Rita Hayworth, y Tyron Power, es la más conocida. La cuarta, fue dirigida por Javier Elorrieta y protagonizada por una desconocida Sharon Stone.

 La conversación:

El banderillero era republicano, le apodaban "El Nacional", y cuestionaba al médico la existencia de las corridas de toros, pese a ser su manera de ganarse la vida.

Decía el banderillero: Yo soy del cómite de mi partido: eso es... ¿Que soy torero? Ya sé que es un oficio bajo y reaccionario, pero eso no quita que tenga mis ídeas, y añade: la culpa de todo la tenía Fernando VII, sí señor; un tirano que al cerrar las universidades y abrir la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, había hecho odioso este arte, poniendo en ridículo al toreo.

¡Maldito sea el tirano, doctor!

"El Nacional", conocía la historía política del país en relación con la tauromaquia, y a la par que execraba al "Sombrerero" y otros lidiadores partidarios del rey absoluto, hacia memoria del arrogante Juan León, desafiador de los públicos durante la época del absolutismo, el cual se presentaba a torear de negro, ya que a los liberales los llamaban "negros", y tenía que salir de la plaza entre las amenazas del populacho, afrontando impávido sus iras. El Nacional, insistía en sus creencias. El toreo era arte de otros tiempos, oficio de bárbaros, pero también tenía sus hombres dignos de iguales consideraciones que los demás.

¿Y de dónde sacas eso de reaccionario?, dijo el doctor. Tú eres una buena persona, "Nacional", con los mejores deseos del mundo, pero también eres un ignorante.

El toreo es un progreso, continuó el doctor, sonriendo-- ¿te enteras, Sebastián? un progreso de costumbres de nuestro país, una dulcificación de las diversiones populares a que se entregaban los españoles de otros tiempos.

Eso de que el toreo es antiquísimo no pasa de ser una enorme mentira. Se mataban fieras en España para diversión de la gente, pero no existía el toreo tal como hoy se conoce. El Cid alanceaba toros, conforme; los caballeros moros y cristianos se entretenían en los cosos; pero ni existía el torero de profesión, ni a los animales se les daba una muerte noble y conforme a las reglas.

Sólo en muy contadas circunstancias, cuando se casaban los reyes, se firmaba una paz o se inauguraba una capilla en una catedral, celebrábanse tales sucesos con corridas de toros. Ni había regularidad en la repetición de estas fiestas, ni se conocía el lidiador profesional. Los apuestos caballeros, vestidos de brillantes sedas, salían al coso, jinetes en sus corceles, para alancear a la bestia o rejonearlas a los ojos de las damas. Si el toro llegaba a desmontarlos, tiraban de la espada, y con ayuda de los lacayos daban muerte a la bestia, hiriéndolo donde podían, sin ajustarse a regla alguna. Cuando la corrida era popular, bajaba a la arena la muchedumbre, atacando en masa al toro, hasta que conseguía derribarlo, ramatándole a puñaladas.

No existían las corridas de toros, continuaba el doctor. Aquello eran cacerías de reses bravas... Bien considerado, la gente tenía otras ocupaciones y contaba con otras fiestas propias de la época, no necesitando perfeccionar esta diversión.

El español belicoso tenía como medio seguro de abrirse paso las guerras incesantes en diversos territorios de Europa y el embarcarse para las Ámericas, siempre necesitadas de hombres valerosos. Además, la religión daba con frecuencia espectáculos emocionantes, en los cuales sentíase el escalofrío que proporcionaba el peligro ajeno y se ganaban indulgencias para el alma. Los autos de fe, seguidos de quemas de hombres, eran espectáculos fuertes que quitaban interés a unos juegos con simples animales montaraces.

La Inquisición resultaba la gran fiesta nacional.

Pero llegó un día, en que la Inquisición comenzó a debilitarse. Todo se gasta en este mundo. Al fin se murió de vieja, mucho antes de que suprimiesen las leyes revolucionarias. Estaba cansada de existir; el mundo había cambiado y sus fiestas resultaban algo semejente a lo que sería una corrida de toros en Noruega, entre hielos y con cielo obscuro. Le faltaba ambiente. Comenzó a sentir verguenza de quemar hombres, con todo su aparato de sermones, vestiduras ridículas, abjuraciones, etc. Ya no se atrevió a dar autos de fe. Cuando le era necesario revelar que aún existía, contentábase con unos azotes dados a puerta cerrada. Al mismo tiempo, los españoles, cansados de andar por el mundo en busca de aventuras, nos metimos en casa, ya no hubo más guerras en Flandes ni en Italia; se terminó la conquista de Ámerica con el continuo embarque de aventureros, y entonces fue cuando comenzó el arte del toreo, y se construyeron las plazas permanentes, y se formaron las cuadrillas de toreros de profesión, y se ajustó la lidia a reglas, y se crearon tal como hoy las conocemos las suertes de banderillas y de matar. La muchedumbre encontró la fiesta muy de su gusto. El toreo se hizo democrático al convertirse en una profesión. Los caballeros fueron sustituidos por plebeyos, que cobraban al exponer su vida, y el pueblo entró en masa en las plazas como único señor, dueño de sus actos, pudiendo insultar desde las gradas a la misma autoridad que le inspiraba terror en la calle. Los hijos de los que asistían con religioso y concentrado entusiasmo al achicharramiento de herejes y judaizantes se dedicaron a presenciar con ruidosa algazara la lucha del hombre con el toro, en la que sólo de tarde en tarde llega la muerte para el lidiador... ¿No es esto un progreso?...

 Ruiz, el médico, insistía en su idea. A mediados del siglo XVIII, cuando España se metía en su caparazón, renunciando a lejanas guerras y nuevas colonizaciones, y se extinguía por falta de ambiente la fría crueldad religiosa, era cuando florecía el toreo. El heroísmo popular necesitaba nuevos caminos para subir hasta la notoriedad y la fortuna. La ferocidad de la muchedumbre, habituada a fiestas de muerte, necesitaba una válvula de escape para dar expansión a su alma, educada durante siglos en la contemplación de suplicios. El auto de fe era sustituido por la corrida de toros. El que un siglo antes hubiese sido soldado en Flandes o colonizador militar de las soledades del Nuevo Mundo, convertíase en torero. El pueblo, al ver cerradas sus fuentes de expansión, labraba con la nueva fiesta nacional una salida gloriosa para todos los ambiciosos que tenían valor y audacía.

Un progreso, continuó el doctor. Me parece que está claro. Por eso yo, que soy revolucionario en todo, no me averguenzo de decir que me gustan los toros... El hombre necesita el picante de la maldad para alegrar la monotonía de su existencia. También es malo el alcohol y sabemos que nos hace daño, pero casi todos bebemos. Un poco de salvajismo de vez en cuando da nuevas energías para continuar la existencia. Todos gustamos de volver la vista atrás, de tarde en tarde, y vivir un poco la vida de nuestros remotos abuelos. La brutalidad hace renacer en nuestro interior fuerzas misteriosas que no es conveniente dejar morir.

¿Que las corridas de toros son bárbaras? Conforme, pero no son la única fiesta bárbara del mundo. La vuelta a los placeres violentos y salvajes es una enfermedad humana que todos los pueblos sufren por igual. Por eso yo me indigno cuando veo a los extranjeros fijar sus ojos en España, como si sólo aquí existiesen fiestas violentas.

Y el doctor clamaba contra las inútiles carreras de caballos, en las cuales mueren muchos más hombres que en las corrridas de toros; contra las cacerías de ratas por perros amaestrados, presenciadas por públicos cultos; contra los juegos del sport moderno, de los que salen campeones con las piernas rotas, el cráneo fracturado o las narices aplastadas; contra el duelo, las más de las veces sin otra causa que un deseo malsano de publicidad.

El toro y el caballo, clamaba Ruiz, hacen llorar de pena a esas gentes que no gritan en sus países al ver cómo cae en un hipódromo un animal de carreras reventado, con las patas rotas, y que consideran como complemento de la belleza de toda gran ciudad el establecimiento de un jardín zoológico.

El doctor Ruiz se indignaba de que en nombre de la civilización se anatemizase por bárbara y sangrienta la corrida de toros, y en nombre de la misma civilización se alojasen en un jardín los animales más dañinos e inútiles de la tierra, manteniéndolos y calentándolos con un lujo principesco. ¿Para qué esto? La ciencia los conocía perfectamente y los tenía ya catalogados. Si el exterminio repugnaba a ciertas almas, ¿por qué no clamar contra las obscuras tragedias que todos los días se desarrollaban en las jaulas de los parques zoológicos? La cabra de trémulo balido y cuernos inútiles veíase metida sin defensa en el antro de la pantera, y allí sufría la arremetida que quebraba sus huesos con espeluznante crujido, hundiendo la bestia sus zarpas en las entrañas de la víctima y el hocico en su sangre humeante. Los míseros conejos arrancados a la paz olorosa del monte temblaban de miedo al sentir erizarse su pelaje bajo el soplo de la boa, que parecía hipnotizarlos con sus ojos y avanzaba traidora las revueltas de sus pintarrajeados anillos para ahogarlos con glacial presión... Cientos de pobres animales respetables por su debilidad morían para el sustento de bestias feroces completamente inútiles, guardadas y festejadas en ciudades que se creían de la mayor civilización; y de esas mismas ciudades salían insultos para la barbarie española, porque hombres valientes y ágiles, siguiendo reglas de la indiscutible sabiduría, mataban frente a frente a una fiera arrogante y temible, en pleno sol, bajo el cielo azul, ante una muchedumbre ruidosa y multicolor, uniendo a la emoción del peligro el encanto de la belleza pintoresca... ¡Vive Dios!...

Nos insultan porque somos ahora poca cosa, decía Ruiz, indignándose contra lo que consideraba una injusticia universal. Nuestro mundo es como un mono, que imita los gestos y placeres de aquel a quien acata como amo. Ahora manda Inglaterra, y en uno y otro hemisferio privan las carreras de caballos, y la gente se aburre viendo correr a unos jacos por una pista, espectáculo que no puede ser más soso. Las verdaderas corridas de toros llegaron muy tarde, cuando ya íbamos de capa caída. Si en tiempos de Felipe II hubiesen tenido la misma importancia que hoy, aún quedarían plazas abiertas en muchos países de Europa...

¡Qué no me hablen de los extranjeros! Yo los admiro porque han hecho revoluciones, y mucho de lo que pensamos se lo debemos a ellos; pero esto de los toros, ¡vamos, hombre... que no dicen más que disparates!

Y el vehemente doctor, con ceguera de fanático, confundía en su execración a todos los pueblos del planeta que abominan de la fiesta española, manteniendo al mismo tiempo otras diversiones sanguinarias que no pueden siquiera justificarse con el pretexto de la hermosura.












3 comentarios:

clariana dijo...

Blasco Ibáñez es un escritor que me gusta y estoy leyendo la Catedral, en que hace una buena crítica de la iglesia y de la hipocresía de la sociedad.
Creo que debe de ser interesante este libro que mencionas, el doctor en algún sentido tenía razón, como en la hipocresía de las gentes en ver las barbaries de otro país y no las suyas propias, lo cual pasa también ahora.
Que la muchedumbre necesite de un espectáculo sangriento de estas características, para aplacar su fiebre de agresividad, podría ser comprensible en unos herederos de la Inquisición y de las guerras que se estaban produciendo en España con el extranjero, pero creo que ésto no es extrapolable a la actualidad, la fiesta hoy en día no tendría ninguna justificación. En el XIX parece ser que las auténticas víctimas de la fiesta eran los caballos, tú me lo confirmas en el post anterior, Zuloaga lo expresa en un cuadro, y yo lo voy siguiendo por libros como "Materia definitiva" una novela catalana de Vilacasas, en que la viuda de un militar describe las corridas como: "que eran sólo "truc i combina". Las bestias esquifidas, sin cuernos y rancio, los toreros miedosos y caprichosos como colegiales y los picadores cobardes carniceros. En mi época los cuernos de un Mihura llegaban al hombro de un diestro. Y la bestia iba nueva, entera. A penas con un par de pinchazos de un picador. Porque los picadores de entonces se habrían guardado mucho de hacer lo que hacen los de ahora. Un asesinato. Lo hacen porque él y el caballo van protegidos. Con coraza de cuero, a mansalva. Así ya se puede picar. Antes no. (La viuda no es lo que parece, se las traía.)
"Iban descubiertos. Que es tal y como ha de ser. Yo he visto en una tarde un toro cargarse a, seis picadores y doce caballos. De ésto se decía: "Tardes de tripas"
-¿Tardes de tripas?
-Sí porque los caballos las arrastraban por el medio de la plaza. En la enfermería se las ponían otra vez en su lugar, los recosían y los revitalizaban con una lavativa de vinagre. Aquello era toreo y fiesta. Ahora nada. Pasatiempos.
Todo y su sensibilidad por los gatos, todo y pertenecer al "Ropero Teresiano" y ocupar la presidencia del "Llit del pobre", comprendí que la Protectora de Animales no se entendiera con la viuda del militar."
Y aquellos caballos procedían de los que habían trabajado tan afanosamente con su amo en los carruajes, en el campo, tirando de tranvías, para terminar así.
Ayer me envenenaron un gatito callejero que era una preciosidad y muy gracioso, que hacía pocos meses había nacido, cada día al pasear a la Lucita lo veíamos y le llevábamos comida. Me lo hubiera quedado pero el piso ya está a tope. ¿Qué daño les hacía este animalito?
Yo creo que estamos en un mundo que es bastante parecido a lo que podría ser un "infierno" para muchos países que lo pasan muy mal, también el nuestro y mucho para los animales.

José Enrique dijo...

Gracias por tu comentario. Buscaré el libro que mencionas, "Materia definitiva" de Vilacasas.

clariana dijo...

Bueno, no es un libro sobre Tauromaquia. Joan Vila Casas es un pintor que ha escrito cuatro libros y Matèria definitiva me parece interesante por la época que refleja y la visión del pintor. Lo estoy leyendo ahora, pero creo que sólo hay este párrafo con relación a los toros. De todas formas, si te interesase, es de Editorial Selecta, Barcelona, 1961 un poco antiguo y está escrito en catalán, pero quizás tú lo entiendas ese idioma.