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Dehesas: pasado, presente y futuro



Se calcula que hay 2 millones de hectáreas de dehesa en la Península Ibérica. Se suelen ubicar en zonas marginales, tanto por su limitada vocación agraria como por la inexistencia de tejido industrial.

El término dehesa procede de la palabra castellana "defensa", que hace referencia al terreno acotado al libre pastoreo de los ganados trasumantes mesteños que recorrían el suroeste español.
Por tanto, sería correcto pensar, que la costumbre de los romanos de establecer latifundios en territorios marginales sería el verdadero origen de las mismas, consideradas como superficies amplias controladas por un único propietario.



Hasta el año 924 no aparece la voz dehesa, aunque con anterioridad nos encontramos en las leyes visigodas el término referido al acotamiento de fincas, el llamado "pratum defensum" (defensa de los prados), seguramente tomado de los romanos.

Tiene, por tanto, un origen histórico que se remonta a épocas remotas.  Quizás sea con la Reconquista y la concesión de grandes extensiones a las Ordenes Militares, los Señoríos y los Concejos de Realengo cuando se impongan las grandes propiedades.

Con la creación de las Cañadas Reales aparece un serio conflicto entre los trasumantes mesteños y los habitantes de los Concejos, debido al empleo por aquellos de los mejores pastos para el ganado. Aparece entonces el término "defendere", con el que se denomina el permiso concedido por parte del rey para acotar y cerrar las fincas ante los grandes privilegios que disfrutaba el Real Concejo de la Mesta. Esta nueva figura supone el mantenimiento de la explotación del pastizal-encinar principalmente con cabaña porcina, aunque en lo que a Extremadura se refiere, provoca la aparición de los primeros rebaños merinos, así como el sistema de arrendamiento de pastizales a los rebaños trashumantes.





Con las desamortizaciones aparecen las grandes propiedades personales, y para algunos autores, este acontecimiento es el que permite la conservación de las dehesas de encinar-pastizal, evitando así la desaparición del bosque meditarráneo adehesado. En cambio, para otros, supuso un gran perjuicio, ya que llevó a que se talaran más árboles para poner más suelos de cultivo. Incluso algunas dehesas fueron pagadas total o parcialmente, talando total o parcialmente el monte, vendiendo los productos así obtenidos como leña, carbón o cisco.



Con el hambre que ocasionó la postguerra, fueron muy pocas las dehesas y pastizales que quedaron sin cultivar. Esta presión también afectó al arbolado y quedó reflejada en la destrucción de amplias superficies de bosque adehesado.

A partir de mediados del siglo XX, la aparición de la Peste Porcina Africana, provoca el declive del cerdo ibérico, y por tanto el aprovechamiento de la bellota, pasando a una fase de abandono de la producción forestal en favor del cultivo, siendo éste uno de los factores responsables de la tala y el aclareo abusivo del encinar, con lo que se desencadenan importantes problemas de degradación.

En la actualidad, es el cerdo ibérico el animal que más espacio de dehesa ocupa, que según las fuentes consultadas, se establece entre 1 y 1.5 millones de hectáreas. Tan sólo, la dehesa del Valle de los Pedroches, ocupada por esta raza de porcino, ocupa una extensión de 300.000 hectáreas.



Casi el 100% de la dehesa del planeta está repartida por el Mediterráneo, y  alrededor del 70% de la misma se ubica en la Península Ibérica. Sin embargo, muchas de estas zonas, como la de la Sierra de Aracena, o la Sierra de Sevilla, algunas partes de Córdoba, incluyendo el Valle de los Pedroches, las áreas de Montanchez o Fregenal en Extremadura, o el sur de la provincia de Salamanca, están viendo como la seca se va introduciendo en las formaciones arbóreas, poniendo fin a la vida de miles de encinas y alcornoques.

La seca, que según un trabajo universitario de Juan J. Tuset, está alcanzando “proporciones epidémicas” en las masas arbóreas de regiones con abundante bosque mediterráneo como Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, Madrid y Castilla y León, es una afección cuyo síntoma principal consiste en un decaimiento de la copa de los árboles del género Quercus, notablemente encinas y alcornoques. El decaimiento se puede producir de forma lenta –caída gradual de las hojas y presencia de ramas parcial o totalmente defoliadas– o de manera más súbita, con un secado rápido de las ramas y las hojas adheridas por un tiempo al árbol muerto. La enfermedad está provocada por un hongo, aunque en su presentación influyen muchos otros factores. Los lugares en donde aparece con más frecuencia, son áreas con suelos arenosos, profundos, en zonas térmicas muy soleadas, habitualmente abiertas (75% de los casos), explotadas con ganado, frecuentemente sobreexplotadas (60% de los casos), y muy pobres en nutrientes. La cantidad de árboles perdidos supera los 500.000. Un amplio estudio sobre este grave problema y como abordarlo e intentar solucionarlo, lo puedes leer aquí, en donde se puede leer:

"El único animal que rentabiliza la dehesa y costea las labores que se tienen que realizar para conservarla es el cerdo ibérico de bellota. Además es un animal respetuoso con el ecosistema de la dehesa, y ha sido el verdadero responsable de que este sistema haya subsistido hasta nuestros días". También se hace alusión en este informe al toro de lidia, del que se dice:

"Muy especialmente debe considerarse también como un elemento vital para las dehesas el mantenimiento del toro de lidia, perfecta obra de ingeniería realizada por los ganaderos a través de los siglos. Es un elemento de la dehesa que ha sido esculpido mediante siglos en un medio difícil gracias a sus características: sobriedad (parquedad de raciones consumidas, alta capacidad digestiva…); rusticidad (resistencia, adaptación al medio); longevidad (fecundas por encima de los 13-15 años); fertilidad alta y facilidad de parto y aptitud para el cruzamiento. Es un tipo de ganadería tradicional que potencia el desarrollo rural y tiene gran repercusión cultural y turística y por otra parte la raza de lidia en sí misma es el máximo exponente de diversidad racial. Es la raza autóctona por excelencia y que además aporta a la dehesa un valor añadido, como pieza insustituible del paisaje y como auténtico guardián de la dehesa, por sus condiciones de temperamento".

Como se puede apreciar, al toro de lidia se le considera beneficioso para la dehesa, por cuestiones bastantes diferentes a las que se le otorgan al cerdo ibérico de bellota.




Las dehesas son pastizales seminaturales que se extienden por amplias áreas de suelos pobres. Son un buen ejemplo de equilibrio entre explotación por el hombre y conservación de recursos naturales. Son zonas que con anterioridad estaban ocupadas por bosques, y que como consecuencia de talas, siegas, incendios controlados, roturaciones del terreno, y ramoneo de cabras, produjeron la apertura de claros en el bosque, y que necesitaban de un mantenimiento, ya que si no, la sucesión ecológica restauraría el bosque primitivo. En la actualidad las cabras han sido sustituidas por ganado ovino, porcino, caballar y vacuno, y algunas especies cinegéticas.



La producción en un suelo con arbolado es superior a las de las zonas sin el, observación que muchas veces se ha ignorado y que ha provocado el arranque brutal de encinares completos.

Los árboles desempeñan funciones muy importantes en las dehesas. Los principales son la encina y el alcornoque, seguidos del roble y del quejigo. En las zonas de este tipo de terrenos que reciben mucho sol, abundan las leguminosas, y en las de sombra las gramíneas.



El pastoreo favorece a las especies de plantas con tasas de renovación más altas (encespedamiento del pasto), porque las que no son capaces de regenerarse o de reproducirse rapidamente acaban siendo eliminadas por el ganado. Esto se traduce en que no aumenta la biomasa vegetal, porque es comida por el ganado.



La explotación ganadera de la dehesa rejuvenece las zonas bajas de la misma. Si no fuera por esta explotación, la producción de estas zonas se invertiría en estructuras leñosas, recuperándose el bosque. El pastoreo puede mantener las dehesas en equilibrio ecológico, pero si éste se hace excesivo, acabará disminuyendo la resistencia de las plantas a la sequía por el aumento del pisoteo, lo que llevará a desnudar y erosionar el suelo. Si el pastoreo es escaso favorecerá la aparición de especies poco apeticibles para el ganado doméstico que son las propias de la sucesión natural hacia el bosque.



El cultivo típico de la dehesa es itinerante, con periodos cortos de cultivo seguidos por otros más largos de recuperación del terreno. Cuando se cultiva, el arbolado obliga a dejar zonas sin labrar en la proximidad de los troncos. Así se mantienen pequeños lugares en los que no se modifica la estructura del suelo y en los que se conserva la flora y la fauna del mismo, y las hierbas del propio pastizal. Cuando el cultivo se traslada a la otra parte, estos núcleos que han mantenido la diversidad y cierta complejidad en su composición, facilitarán que el sistema se recupere con rapidez.

La rentabilidad de la dehesa se basa en minimizar las entradas de energía, buscando el autoabastecimiento. Otros países están mostrando un gran interés en las prácticas de la ganadería extensiva en pastos seminaturales arbolados, dado que constituyen una muestra evidente de que puede alcanzarse un equilibrio entre explotación y conservación de buena parte de los valores naturales.



Cuando se habla de pastos, normalmente se suele pensar exclusivamente en formaciones abiertas con hierba o, como mucho, con especies arbustivas. Sin embargo, en España hay 3.700.000 de hectáreas de pastos con arbolado denso y otras 3.750.000 hectáreas de pastos con arbolado ralo y dehesas.

Pero la influencia del arbolado sobre los estratos inferiores no se debe sólo a la sombra, sino que es consecuencia de la modificación, a nivel de micro y mesohábitat, de factores ambientales tales como la radiación solar, la precipitación, la humedad y la disponibilidad de espacio, agua y nutrientes. El desarrollo del estrato arbóreo elimina microhábitats, sólo sobreviven bien especies umbrófilas, trepadoras y epifitas, hay una reducción de anuales y geófitas, etc.; todo lo cual se traduce en un descenso de la diversidad con respecto a zonas más abiertas.



Luis et al.(1987), comparando claros y bosque de melojo, obtienen valores más elevados de diversidad en la zona de claro. Para Boza et al. (1997), el pasto desarbolado presenta más diversidad florística, mayor densidad de plantas y más calidad de la oferta forrajera. Por otro lado, y al menos en ámbito mediterráneo, según Ferrer-Benimeli y Broca (1999) la diversidad suele ser mayor en formaciones leñosas más o menos abiertas que en los extremos de bosque denso y pasto herbáceo.

Es un hecho conocido desde antiguo que el pastoreo favorece algunas especies de pasto y perjudica a otras e incluso da lugar a la aparición y desaparición de especies en el ecosistema pastado. Esto es debido a la selectividad del ganado en su alimentación. La coevolución de herbívoros-hierba ha dado lugar a la aparición de plantas perfectamente adaptadas a ser explotadas y rozadas periodicamente. En general favorece a las de alta tasa de crecimiento, y a las leguminosas, y perjudica a las más competitivas y por lo tanto dominantes.



Es un tópico considerar al pisoteo del ganado como un factor del pastoreo exclusivamente negativo. Es cierto que cargas ganaderas excesivas pueden producir erosiones (especialmente en suelos y topografías sensibles). Pero la acción del pisoteo, a los efectos del mantenimiento del paisaje y de la biodiversidad, puede tener efectos positivos.
Por ejemplo, el pisoteo contrarresta la dominancia de arbustos en el monte, al quebrar las especies leñosas, al menos en sus estadios iniciales. Es obvio también que la acción del pisoteo favorece, a modo de rulo, a las especies estoloníferas puesto que al aplicar los tallos al suelo, a partir de sus nudos se desarrollan raíces y brotes.
Pero quizás la acción más relevante del pisoteo con respecto a la biodiversidad es la formación de irregularidades del terreno, con pequeñas calvas de denudación (que no es sinónimo de erosión) o incluso de pequeñas depresiones donde se acumula agua (Lucena et al. (1963).



Las excretas del ganado, incorporadas al suelo directamente a través del pastoreo, son evidentemente fertilizantes (abonado, enmienda y corrector). Para Montserrat (1996), las deyecciones del ganado “estimulan la vida en el suelo, reparten fertilidad y crean así muchas oportunidades para mantener la diversificación del manto vegetal”. Ferrer-Lorés et al. (1997b) resaltan la heterogeneidad en la distribución de las excretas por el ganado (Grant et al., 1996) y su consecuencia sobre la diversidad vegetal. Lucena et al. (1963) atribuyen, en parte, a los excrementos del ganado la elevada riqueza florística de las dehesas del Oeste de España. Torres et al. (2001) consideran que el aporte nitrogenado de la ganadería extensiva, en pastizales de las Sierras Sub-béticas, “favorece el aumento de la cobertura de las especies en superficie, a la vez que la composición florística se enriquece en gramíneas y leguminosas”.

Una alta densidad de semillas en los excrementos puede atraer a predadores (hormigas, ratones, etc.); se trata de una predación “densodependiente” (Janzen, 1982). Que la actividad microbiana puede producir pérdida de viabilidad de semillas. Que algunas semillas inician su germinación en los excrementos frescos y mueren desecadas en las primeras fases de desarrollo (Janzen, 1983; Janzenet al., 1985); por ello se registran mayores pérdidas en las semillas fácilmente germinables.

Las especies exozoócoras son aquéllas cuyas semillas pueden ser transportadas por la lana, la piel o las pezuñas de los animales. Se consideran especies exozoócoras (o epizoócoras) aquéllas cuyas semillas presentan adaptaciones morfológicas tales como ganchos, puntas, cubiertas de mucílago o similares, que ayudan a adherirse al pelo, piel o pezuñas de los animales. La repercusión de la exozoocoria en la biodiversidad de los ecosistemas resulta por tanto obvia.





Volveríamos por tanto a considerar el caso de las calvas, huecos o “micrositios”ya comentados en el epígrafe del pisoteo, si bien en este caso originados por otro factor del pastoreo, las deyecciones. Malo y Suárez (2001) analizan la supervivencia de semillas dispersadas con los excrementos de vacas, estableciendo algunas hipótesis.



La intensidad de pastoreo es una variable que suele medirse en términos de carga ganadera, es decir, ovejas ha-1, vacas ha-1, cabezas ha-1, UGM ha-1, etc. Debe diferenciarse, no obstante, la llamada carga instantánea o densidad de ganado, que se refiere a un tiempo determinado (1 semana,1 mes, etc.), de la carga anual, referida a un año (por ejemplo vacas ha-1 año-1) y que suele ser muy utilizada para definir intensificación o extensificación y el correspondiente derecho al cobro de primas o subvenciones.

El pastoreo puede clasificarse en moderado, el equiparable al que realizan los ungulados salvajes; el pastoreo intenso (que no debe ser confundido con el pastoreo intensivo), es aquel en el que se consume el 60% de la producción anual de biomasa pastable; el sobrepastoreo se detecta a posteriori, cuando el ganado ocasiona un deterioro severo y a largo plazo sobre la productividad y la diversidad; en el otro extremo, el infrapastoreo, inferior al pastoreo moderado, implicaría un aprovechamiento ganadero insuficiente.

La exclusión del pastoreo se traduce en un acusado descenso de la biodiversidad. Con la exclusión del mismo hay una clara dominancia de las especies más competitivas, en general gramíneas, y un descenso de las leguminosas.



Se reconoce el aumento de la riqueza específica por efecto del pastoreo que abre espacios ecológicos a otras especies colonizadoras. El pastoreo limita en cualquier ambiente la exclusión competitiva entre especies vegetales. Los efectos del "infrapastoreo" son más perjudiciales que los del "pastoreo intenso". El "pastoreo moderado" también puede incrementar la diversidad. El "pastoreo intenso" sería una forma eficiente y ecologicamente saludable de uso y gestión del territorio, ya que permite la existencia de pastos rejuvenecidos, con diversidad de estructuras y funciones que implica gran estabilidad, reduciendo la competencia, y favoreciendo la coexistencia de una gran cantidad de especies de tamaño pequeño. El "sobrepastoreo" es perjudicial.



En la actualidad son numerosas las regiones europeas de pastos, abandonadas a todo uso desde hace tiempo, que están siendo gestionadas de nuevo con ganado, con una óptica no simplemente productivista, sino que también enfoca objetivos de conservación, persiguiendo en especial la preservación de la diversidad.

Cualquier empresa ganadera extensiva debe diversificar la ganadería, con animales de distintas exigencias y un orden de prelación del pastoreo bien planteado: primero vacas, luego ovejas, por ejemplo. La alternancia de especies adaptadas a las diversas funciones y que producen pasto con rapidez, es "una diversidad organizada durante millones de años". En la actualidad, la mayoria de las explotaciones se llevan a cabo con una única especie por razones meramente económicas.



Aún así, en la revista "Ecología y Medio Ambiente, Salvador Rebollo, afirma que, para entender las posibilidades de uso sostenible de los ecosistemas de pastizal, es imprescindible situar éstos dentro de un esquema de intensidad de uso, en el que deberíamos diferenciar estados de madurez, explotación, degradación, y crisis.

En el "estado de madurez" se situarían los ecosistemas naturales no explotados, dominados por la vegetación leñosa. También pueden encontrarse aquí pastizales naturales predominantemente herbáceos. A medida que la explotación aumenta, la estructura se simplifica, y el ecosistema es desplazado al "estado de explotación". En este estado, el ecosistema adquiere el aspecto característico de los pastizales, con una estructura más abierta, dominado por el estrato herbáceo y arbustivo. Estos pastizales presentan diversos sub-estados según el tipo, abundancia, disposición de la vegetación arbórea, arbustiva y herbácea, tipos de herbívoros, y régimen de manejo, frecuencia e intensidad de otras perturbaciones, como incendios, sequías...



Si la intensidad de la explotación aumenta, la estructura del ecosistema se simplifica, se pierden especies y comienzan a apreciarse problemas de erosión del suelo. El ecosistema pasa así a un "estado de degradación". En este estado, la cobertura de vegetación leñosa se reduce todavía más o es sustituida por especies sin interés forrajero e indicadores de degradación. El retorno al estado de explotación es posible pero difícil porque la comunidad de plantas se ha simplificado y ha cambiado su composición. El pastizal puede aparecer colapsado, sin capacidad para recuperar el suelo. Puede retomar el "estado de explotación" en circunstancias benignas duraderas, generalmente por una secuencia de años humedos y bajo condiciones de gestión ganadera apropiada. Si la intensidad de explotación se acentúa, el ecosistema entra en crisis, y la pérdida de especies y de suelo es ya muy aparente. Llegada a esta situación, el ecosistema ya no tiene capacidad de retorno a las situaciones anteriores o a la escala temporal de una explotación ganadera.

Para alcanzar estados donde sean compatibles la explotación y la conservación, es decir, el aprovechamiento sostenible de los pastizales, es necesario mantener elementos estabilizadores como son los individuos o fragmentos de vegetación leñosa intercalado en el pastizal, razas de ganado autóctono adecuadas para afrontar las fluctuaciones en la disponibilidad de los recursos, comunidades de plantas adaptadas al pastoreo con esos herbívoros, y pautas de manejo adaptadas a las condiciones locales.



En este enlace se puede leer un interesante informe sobre el pastoreo y su influencia en el medio en que se lleva a cabo, y en éste un buen resumen de lo expuesto hasta ahora.

Mucho se ha escrito por parte de los sectores defensores de la Tauromaquia, sobre la necesidad de la existencia de la raza de lidia, para el mantenimiento de las dehesas. En todos los textos que he citado anteriormente, no se habla explicitamente de este tipo de animal, sino de ganado vacuno en general, de ganado ovino, caballar y porcino, por lo que podemos pensar que cualquiera de estas especies animales podrían sustituir a los bóvidos de lidia, en el hipotético caso de que los espectáculos en que son empleados estos animales fueran prohibidos en España, con lo que las dehesas seguirían formando parte del paisaje mediterráneo de la Península Iberica, y no se produciría su desaparición.



La afirmación que hace el empresario Manuel Martínez Erice, gerente de Las Ventas, no se ajusta por tanto a la realidad: "las 40.000 (seguramente dijo 400.000) hectáreas de dehesa existen gracias al toro bravo".

La vinculación de la ganadería de lidia a las explotaciones agrarias, a partir del siglo XVIII, se debió a la institucionalización de las temporadas taurinas y el levantamiento de plazas de toros, lo que hizo que la cría de toros se convirtiera en una actividad rentable para los propietarios de este tipo de ganaderías. Al finalizar el proceso de desamortización la crianza del toro bravo queda relegada a tierras marginales, apareciendo así el ganadero de lidia puro, es decir, aquel que no comparte la actividad con otras explotaciones agrícolas u otras especies ganaderas. Este tipo de crianza se concentró en un reducido número de provincias (solamente once) y cerca de las dos terceras partes se localizaban sólo en tres: Salamanca, Sevilla y Madrid. El último paso para la profesionalización de los ganaderos de lidia es la creación de la UCTL (Unión de Criadores del Toro de Lidia) en 1905.



Los ganaderos de bravo son los responsables de que exista el toro de lidia tal y como se concibe en la actualidad, porque durante estos últimos siglos han conseguido transformar un toro semisalvaje en el toro doméstico que hoy conocemos.

 Desde el punto de vista de la representatividad del ganado de lidia frente a otras magnitudes económicas, el autor apunta que, en líneas generales, la ganadería bovina representa, sobre la producción agropecuaria, del orden del 6 por 100 de la misma.

La ganadería de lidia se encuadra dentro del sistema de producción extensivo, asentado en la tradición familiar y en el concepto de empresa familiar. Pero, como señala el profesor Ruiz Abad, en este tipo de producción las cuentas de explotación no se suelen llevar con la rigurosidad de una contabilidad empresarial, y sólo se considera la remuneración de los factores de producción y el pago de los impuestos; además, no suele haber excedentes de explotación o estos son muy escasos. El mercado del toro de lidia no se ajusta a la teoría económica clásica de mercado, en la que la evolución de los precios relativos constituye el criterio de asignación de los recursos a las distintas actividades, ya que el precio del toro de lidia, en términos reales, se ha reducido en relación con el pasado. Una posible explicación de este fenómeno ajeno a lo económico podría ser que la condición de ganadero de lidia ha gozado de un prestigio y de un estatus social que lo hacen atractivo para los nuevos ganaderos, al darles acceso a los círculos sociales de la aristocracia y de las altas finanzas, lo que, a su vez, les permite invertir en otros sectores y diversificar.  Esta puede ser la causa fundamental del aumento de las explotaciones de ganado de lidia en España. A este respecto, en los últimos años se ha incrementado el número de personas que han invertido en este tipo de ganadería sin haber tenido vinculación previa con la misma, dando lugar a un fenómeno de capitalización del sector agrario por inversiones procedentes de otros sectores de la economía nacional.



El ganado de lidia no dispone de ningún sistema de apoyo específico dentro de la PAC, pero, como es natural, está incluido en las disposiciones de la OMC vigentes para la carne de vacuno, como señala la profesora Isabel Bardají Azcárate en su artículo. Desde la década de los noventa, la política de apoyo a la agricultura ha ido evolucionando desde un sistema basado en la intervención (vía precios y protección del exterior) hacia otro de ayudas directas (bien por hectárea de cultivo o bien por cabeza de ganado). Este cambio de orientación ha podido beneficiar a las explotaciones de ganado de lidia, ya que siendo sus ingresos menos dependientes del mercado de la carne, se les ha permitido, por un lado, percibir ayudas directas que han ido aumentando, y, por otro, mantener costes de producción más reducidos debido al descenso de los precios de los cereales. En el trabajo de los profesores Francisco Pulido García, Francisco Javier Mesías Díaz y César del Solar Llansó se analiza todo el cambio en el proceso regulatorio desde sus comienzos hasta nuestros días. En este sentido, la regu­lación actualmente vigente nace con la Agenda 2000, que se basó en la reducción de los precios de mercado, compensando parcialmente a los productores con sustanciales incrementos de las primas, cuya estructura se articula, entre otros, por medio de los siguientes instrumentos: prima por vaca nodriza, prima especial por bovino macho, prima al sacrificio de bovinos y un pago por extensificación de 100 euros por cabeza. En definitiva, existe, en la actualidad, un complejo sistema de primas del que, en su mayoría, pueden beneficiarse las explotaciones de vacuno de lidia por su carácter de sistemas extensivos de producción y en ciclo cerrado, y que, en su conjunto, pueden suponer una parte significativa de los ingresos percibidos por dichas explotaciones: de un orden del 40 por 100, en media, según los cálculos del profesor Caballero.



La PAC ha sido reformada en el año 2003, y en el pasado mes de junio la Comisión Europea aprobó la introducción del pago único (totalmente desconectado de la producción) y que sustituye a la mayoría de los pagos directos concedidos actualmente. Este pago único quedará vinculado, exclusivamente, a que los ganaderos mantengan en buenas condiciones la superficie que deben poseer para percibir dichos pagos: la denominada «condicionalidad». El riesgo implícito de este nuevo sistema de ayudas es el abandono de la producción, sobre todo en las zonas menos productivas (que suelen coincidir con las más desfavorecidas), con los consiguientes efectos perjudiciales sobre el medio ambiente, la ordenación del espacio y el desarrollo rural; por lo que, para evitar esto, se permite a los Estados Miembros la aplicación parcial del régimen de pago único.  En España se mantendrán en su totalidad las primas a las vacas nodrizas y al sacrificio de animales jóvenes, y en el 40 por 100 la de sacrificio de animales adultos, comenzando a aplicarse el régimen en enero de 2006.  De esta forma, una explotación de ganado de lidia podría beneficiarse de las primas a las vacas nodrizas (en las mismas condiciones que en la actualidad), y al sacrificio de animales en una cuantía próxima al 40 por 100 de los niveles actuales, pasando el resto a un pago único, para el que no será necesario mantener animales, sino tan solo una superficie equivalente al número de hectáreas declaradas en su momento (número de derechos); además, se pueden transmitir esos derechos, e incluso, si se dispone de la superficie necesaria para hacerlos efectivos, adquirir más derechos de pago en el mercado libre. Según la profesora Bardají, estas disposiciones harán que desciendan las ayudas percibidas bajo el nuevo régimen, estimándose reducciones del orden del 10-15 por 100 respecto a los niveles actuales, que pueden -e- incluso superiores en el futuro.



Se estima que en la Península Ibérica hay un área de unos nueve millones de hectáreas de pastizales, de las que alrededor de 300.000 hectáreas están dedicadas a la producción de ganado de lidia por parte de criadores de lidia, siendo las zonas más abundantes el centro de las provincias castellanas y extremeñas, y las occidentales de Anda­lucía y Castilla-La Mancha.

En una dehesa las operaciones que se destinan a la cría del ganado bravo se distribuyen en los ámbitos ganadero, agrícola y forestal, siendo los componentes bióticos de la misma la vegetación (arbolado, matorral y herbazal) y los animales (ovino, caprino, vacuno y porcino). Para determinar la pro­ductividad de una dehesa hay dos aspectos clave en referencia al suelo: textura (limo-arcillosa o arenosa) y profundidad (leñosa, matorral o arbolado). Los factores meteorológicos, junto con la diversidad de los suelos y la variabilidad de su fertilidad y profundidad, nos permite calificarlo como un entorno de difícil gestión, muy variable, lento en sus reacciones tecnológicas, frágil y de compleja reversibilidad cuando se realiza un manejo inadecuado. Asimismo, es muy importante la biodiversidad vegetal, ya que la condición botánica de la dehesa viene determinada por el número, la abundancia y la producción de sus especies vegetales. Dentro del estrato arbóreo predomina la encina dulce o bellotera; en el estrato arbustivo destacamos el acebuche, el madroño o la coscoja, distinguiendo, a su vez entre el matorral alto (lentisco, olivillas, majuelo, espino albar, jara pringosa) y el matorral bajo (espliego o cantueso tomillos, brezos, jaguarzo, romero); y finalmente, el estrato herbáceo, compuesto por gramíneas y leguminosas.  En su artículo el profesor Hernández Díaz-Ambrona destaca que producción anual de los pastos de dehesa es baja comparada con el potencial productivo alcanzable (1,5-2 toneladas/hec­tárea frente a 4 toneladas/hectárea o más), lo cual plantea sus posibilidades de mejora con algunos métodos como la fertilización de los pastos naturales, la corrección del pH del suelo, la introducción de especies y variedades, la fertilización, el mantenimiento correcto o el control de especies adventicias para mantener una correcta condición botánica. La dehesa constituye, por consiguiente, un sistema dinámico y cambiante en el tiempo y en el espacio, es decir, que no está en equilibrio, y en este sentido se puede afirmar que diversidad y heterogeneidad son dos aspectos característicos de sistemas que no están en equilibrio.



Un enfoque complementario nos lo ofrece Pablo Campos Palacín, investigador del CSIC, que introduce el concepto de renta ambiental, señalando que más del 50 por 100 del precio de mercado de una dehesa de toros bravos se puede deber a su renta ambiental auto consumida. En este sentido, un propietario de dehesa suele ser un inversor-consumidor que busca obtener, con su capital inmovilizado, una cantidad de renta de capital en dinero (con origen en las transacciones de los bienes y servicios comerciales) y otra cantidad de renta ambiental auto consumida, no sólo a través del posible disfrute personal, familiar y de otras personas invitadas a la dehesa, sino también a través de la revalorización mayor que puedan alcanzar las fincas con valores ambientales superiores, ya que el toro bravo que pasta en las dehesas tiene una aportación al mantenimiento de las mismas superior al de la ganadería mansa, por lo que sus dehesas muestran un valor ambiental en el mercado superior al precio ambiental de la ganadería mansa. Según Campos Palacín los beneficios comerciales en las dehesas de ganado bravo dan un valor a la hectárea que no llegan a los dos tercios del valor alcanzado por las dehesas de ganado manso; en cambio, sucede lo contrario con los beneficios ambientales de las dehesas de ganado bravo, ya que éstas últimas multiplican por tres el precio de la hectárea de la dehesa con ganado manso. Este proceso se ve favorecido por el hecho de que el precio de la dehesa depende cada día más de sus características como finca de ocio, en la cual un potencial comprador pagaría por disfrutar de la ganadería y de otros aprovechamientos de la dehesa, y por lo tanto, su propietario confía en que si llegara el día en que no tuviera necesidad de realizar el valor de su explotación, previsiblemente habría un comprador que sí estaría dispuesto a pagar por su valor capital ambiental, ya que éste es un bien superior cuya demanda aumenta más según aumenta la renta del país.



Cómo los números siempre "bailan" en función de quien los cita, el presidente nacional de la Unión de Criadores del Toro de Lidia, eleva el espacio de dehesas en España a tres millones de hectáreas, manteniendo que el toro de lidia ocupa el 20% de ellas.

Y ahora los números, unos reales, y otros inventados, como los que aseguran que el sector taurino da trabajo a 200.000 personas, cuando todo el entramado de la Justicia en España, emplea a 180.000 personas.

En el mes de noviembre se presentó en el Senado un documento con el título: "Informe de la ponencia del Senado del estudio sobre la protección del ecosistema de la dehesa" que se puede consultar aquí. , y que es bastante clarificador en cuanto a la situación y medidas a tomar para mantener y salvar estos espacios naturales, ante el preocupante deterioro que están sufriendo.

Este sector ganadero se hunde en precios. ¿Por qué? Los costes de mantimiento del toro han tomado la senda alcista en los últimos años, mientras que su precio de venta al empresario de la plaza sigue intacto, sin modificaciones. Un toro de lidia puede llegar a costar entre los 18.000 euros (en plazas de tercera categoría) a los cerca de 100.000 euros (en plazas de primera, como Las Ventas en época de San Isidro).

El ganadero llega a gastar hasta 4.000 euros en criar a ese toro a lo largo de cuatro años (tiempo que se precisa para preparar a un astado). Tan sólo a comida dedica unos 1.500 euros en total. Aparte están los gastos que acarrea el mantenimiento de la finca y el personal que trabaja en ella. Aunque apenas se destinan tres o cuatro vaqueros por cada 400 cabezas, su sueldo suele ser de entre 1.400 y 1.500 euros mensuales.

El negocio del toro da trabajo directo a cerca de 200.000 personas, entre personal de fincas, mantenimiento de las plazas, veterinarios, matadores, cuadrilla. Los datos que maneja el sector revelan un total de 3,7 millones de jornadas de trabajo generadas al año. En España, hay que mantener más de 540.000 hectáreas de dehesa para toros.

Un torero puede llegar a cobrar por corrida entre 36.000 y 450.000 euros, en función del tipo de plaza en la que toree y de la propia categoría del matador. ¿Quién gana esos 75 millones de las antiguas pesetas? Pues, según reveló a este periódico el citado empresario, José Tomás. El madrileño puede llegar a embolsarse esta cantidad en una tarde de San Isidro.
Por detrás de él están Enrique Ponce, El Juli, Sebastián Castella o El Cid, cuyo caché vale entre 35 millones y 50 millones de las antiguas pesetas (los empresarios siguen manejando la moneda española). Los que menos cobran reciben seis millones de pesetas (36.000 euros). De estas cantidades, el torero deberá pagar a su cuadrilla, que sólo cobrará un 10% más de lo habitual si el matador torea en una plaza de primera categoría.
Los salarios fijados en el Convenio Colectivo Nacional Taurino de 2008 para banderilleros y picadores se mueven en una horquilla entre 1.360 y 680 euros, dependiendo también de la plaza y del porte del matador. Sólo el tercer banderillero, es decir, el que hinca la puntilla al toro, cobra algo menos (aunque nada desdeñable). En este caso, el salario ronda entre los 1.051 y los 607 euros por corrida.

El mapa de plazas de toros está compuesto por 378 fijas y cerca de 3.000 eventuales. En un año, llegan a organizarse alrededor de 17.000 festejos taurinos, de los cuales, unos 2.000 son festejos mayores, es decir, corridas de toros, novilladas picadas, corridas de rejones y festejos mixtos.

 

 




















16/3/11

El caballo del picador antes de 1930: Blasco Ibañez en "Sangre y Arena"



Ya he dedicado una entrada en el blog al libro de Blasco Ibañez, "Sangre y Arena" que se publicó en 1908, y que relata la vida de un torero sevillano, desde sus primeros pasos como maletilla, su consagración como torero e ídolo de la afición, y su decadencia. Dada la minuciosa descripción que hace Blasco Ibañez del mundo de la tauromaquia de aquellos años, es evidente que tuvo que presenciar muchas corridas de toros.

Nunca he oído a los taurinos aludir a este escritor para defenfer su fiesta, y es lógico, porque lo que queda reflejado en este libro, y el que lo ponga en duda que lo lea, es una crítica brutal y muy bien documentada de este espectáculo popular tan "español". Es al final del libro cuando el lector descubre la verdadera intención de su autor, y más concretamente, cuando la mujer del torero decide ir a la plaza para verle torear en la que será su última corrida. Blasco Ibañez plasma las sensaciones de Carmén, la mujer del protagonista del libro, mientras observa a los caballos que van saliendo del ruedo después de haber intervenido en el tercio de varas, diciendo:

[...] "Además, la angustiaba la sangre que corría por el patio, el tormento de aquellas pobres bestias. Su delicadeza de mujer sublevábase contra estas torturas, al mismo tiempo que se llevaba el pañuelo al olfato para repeler los hedores de carnicería".

[...] "Nunca había ido a los toros. Gran parte de su existencia la había pasado oyendo hablar de corridas; pero en los relatos de estas fiestas sólo veía lo externo, lo que todo el mundo: los lances del redondel, a la luz del sol, con brillo de sedas y bordados; la representación fastuosa, sin conocer los preparativos odiosos que se verificaban en el misterio de los bastidores. ¡Y ellos vívían de la fiesta, con sus repugnantes martirios de animales débiles! ¡Y su fortuna había sido hecha a costa de tales espectáculos!...



Y por si aún quedan dudas, Blasco Ibañez termina su libro con estas lapidarias frases cuando el público que asiste a la corrida, sabe que el torero ha muerto por la cornada recibida cuando entraba a matar:

¡Pobre toro! Pobre espada!... De pronto, el circo rumoroso lanzó un alarido saludando la continuación del espectáculo. El Nacional (subalterno del espada) cerró los ojos y apretó los puños.

Rugía la fiera: la verdadera, la única.

A lo largo del libro, Blasco Ibañez, dedica muchas páginas a los caballos de los picadores, que hasta 1930 salían a la plaza sin ninguna protección, muriendo la mayoría de las veces en el ruedo. He copiado los textos que dedica a estos pobres animales, y aquí os los dejo.

Esto es, y nadie debe olvidarlo, historia de la Tauromaquia, eso que los taurinos pretenden hacer Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, y así se lo han solicitado a la UNESCO.

Relata Blasco Ibañez en su libro:

[...] Llevaban varios días de montar y amaestrar a estos caballos tristes, que aún guardaban en sus flancos las rojas huellas de los espolazos. Los sacaban a trotar por los desmontes inmediatos a la plaza, haciéndoles adquirir una energía  ficticia bajo el hierro de sus talones, obligándoles a dar vueltas para que se habituasen a la carrera en el redondel. Volvían a la plaza con los costados tintos en sangre, y antes de entrar en las caballerizas recibían el bautismo de unos cuantos cubos de agua. Junto al pilón inmediato a aquéllas, el agua encharcada entre los guijarros era de un rojo obscuro, como vino desparramado.

Iban saliendo casi a rastras de las cuadras los caballos destinados a la corrida del día siguiente, para que los examinasen los picadores, dándolos por buenos.

Avanzaban los macilentos restos de la miseria caballar, delatando en su paso trémulo y sus ijares atormentados la vejez melancólica, las enfermedades y la ingratitud humana, olvidadiza del pasado. Había jacos de inaudita delgadez, esqueletos de agudas aristas salientes que parecían próximas a rasgar la envoltura de piel de largos y flácidos pelos. Otros agitabánse arrogantes, piafando de energía, con las patas fuertes, el pelo reluciente y el ojo vivo: animales de hermosa estampa que era incomprensible figurasen entre unos deshechos destinados a la muerte; bestias magníficas que parecían recien desenganchadas de un carruaje de lujo, Estos eran los más temibles: caballos incurables, atacados de vértigos y otros accidentes, que de pronto venían al suelo, arrojando al jinete por las orejas. Y tras estos ejemplares de la miseria y la enfermedad, sonaban las tristes herraduras de los inválidos del trabajo: caballos de tahonas y de fábricas, machos de labranza, jacos de coches de alquiler, todos soñolientos por el hábito de arrastrar años y años el arado o la carreta; parias infelices que iban a ser explotados hasta el último instante, dando diversión a los hombres con sus pataleos y saltos al sentir en el abdomen los cuernos del toro.



Era el desfile de ojos bondadosos empañados y amarillentos; de pescuezos flácidos a los cuales se agarraban sanguinarias las moscas hinchadas y verdosas; de caras huesudas por cuyo pelaje trepaban insectos; de flancos angulosos con mechones retorcidos como si fueran lanas; de pechos angostos agitados por relinchos cavernosos; de patas débiles que parecían próximas a troncharse a cada paso, cubiertas de largo pelo hasta los cascos, como si llevasen pantalones. Sus estómagos, poco habituados al pienso fuerte con que pretendían reanimar sus fuerzas, iban sembrando el pavimento de residuos humeantes y mal cocidos por una digestión anormal. Echábanles sobre los lomos la gran silla moruna de alto arzón y asiento amarillo, con estribos vaqueros, y había bestia que al recibir este peso estaba próxima a doblar las patas.



[...] El primer toro <<salió pegando>> con gran acometividad para las gentes de a caballo. En un instante echó al suelo a los tres picadores que le esperaban lanza en ristre, y de los jacos dos quedaron moribundos, arrojando por su perforado pecho chorros de sangre obscura. El otro corrió, loco de dolor y de sorpresa, de un lado a otro de la plaza, con el vientre abierto y la silla suelta, mostrando por entre los estribos sus entrañas azuladas y rojizas, semejantes a enormes embutidos. Arrastraban las tripas por el suelo, y al pisárselas el mismo con sus patas traseras, tiraba de ellas, desarrollándolas como una madeja confusa que se desenmaraña. El toro, atraído por esta carrera, marchó tras él, y metiendo la poderosa cabeza bajo su vientre lo levantó en los cuernos, arrojándolo al suelo y ensañándose en su mísero armazón quebrantado y agujereado. Al abandonarle la fiera, moribundo y pataleante, un <<mono sabio>> se aproximó para rematarlo, hundiéndole el hierro de la puntilla en lo alto del cráneo. El mísero jaco sintió una rabia de cordero en los estremecimientos de su agonía, y mordió la mano del hombre. Este dió un grito, agitó la diestra ensangrentada, y apretó el puñal, hasta que el caballo dejó de patalear, quedando con las extremidades rígidas. Otros empleados de la plaza corrían de un lado a otro con grandes espuertas de arena, arrojándolas a montones sobre los charcos de sangre y los cadáveres de los caballos.



El público estaba en pie, gesticulando y vociferando. Sentiase entusiasmado por la fiereza de la bestia y protestaba de que en el redondel  no quedase ni un picador, gritando a coro: <<¡Caballos! ¡caballos!>>

Todos estaban convencidos de que iban a salir inmediatamente, pero les indignaba que transcurrieran unos minutos sin nuevas carnicerías. El toro permanecía aislado en el centro del redondel, soberbio y mugidor, levantando los cuernos sucios de sangre, ondeándole las cintas de la divisa sobre su cuello surcado de rasgones azules y rojos. Salieron nuevos jinetes, y otra vez se repitió el repugnante espectáculo. Apenas se aproximaba el picador con la garrocha por delante, ladeando el jaco para que el ojo vendado no le permitiera ver a la fiera, era instantáneo el choque y la caída. Rompíanse las picas con un chasquido de madera seca, saltaba el caballo enganchado en los poderosos cuernos, brotaba la sangre, excrementos y piltrafas de este choque mortal, y rodaba por la arena el picador como un monigote de piernas amarillas, cubriéndole inmediantamente las capas de los peones.



Un caballo, al ser herido en el vientre, esparció en torno de él, vaciando sus entrañas, una lluvia nauseabunda de excremento verdoso, que vino a manchar los trajes de los toreros cercanos.

El público celebraba con risas y exclamaciones las ruidosas caídas de los jinetes. Sonaba la arena sordamente con el choque de los cuerpos rudos y sus piernas forradas de hierro. Unos caían de espaldas, como talegos repletos, y su cabeza, al encontrar las tablas de la valla, producía un eco lúgrube.

-Ese no se levanta-gritaban en el público-. Debe tener abierto el melón.

Y sin embargo, se levantaba, extendía los brazos, rascábase el cráneo, recobraba el recio castoreño, perdido en la caída, y volvía a montar en el mismo caballo, que los <<monos sabios>> incorporaban a la fuerza de empellones y varazos. El vistoso jinete hacía trotar al jaco, que arrastraba por la arena sus entrañas cada vez más largas y pesadas con la agitación del movimiento. El picador, sobre esta debilidad agónica, dirigíase al encuentro de la fiera.



Y apenas se colocaba ante el toro, clavándole su pica en el cuello, hombre y caballo iban por alto, partiéndose el grupo en dos piezas con la violencia del choque y rodando cada uno por su lado. Otras veces, antes de que acometiese el toro, los <<monos sabios>> y parte del público avisaban al jinete.
<<Apéate.>>  Pero antes de que pudiera hacerlo, con la torpeza de sus piernas rígidas, el caballo se desplomaba, muerto instantáneamente, y el picador caía expelido por las orejas, chocando su testa sordamente contra la arena.

Los cuernos del toro no llegaban nunca a enganchar a los jinetes; pero ciertos picadores, al quedar en el suelo, permanecían exánimes, y un grupo de servidores de la plaza tenía que cargar con su cuerpo, llevándolo a la enfermería para que le curasen una fractura de hueso o lo reanimaran de su conmoción que tenía el aspecto de muerte.



[...] Había terminado el desfile de las cuadrillas. Por la puerta que daba acceso al redondel volvían trotando algunos caballos. Eran los picadores que no estaban de tanda y se retiraban de la arena para sustituir a sus compañeros cuando les llegase el turno. Amarrados a unas anillas del muro estaban en fila seis jacos ensillados, los primeros que había de salir al redondel para suplir las bajas. A espaldas de ellos, los picadores entretenían la espera haciendo evolucionar a sus caballos. Un encargado de las cuadras, montando una yegua asustadiza y brava, la hacía galopar por el corral para fatigarla, entregándola luego a los piqueros.

Coceaban los jacos, martirizados por las moscas, tirando de las anillas como si adivinasen el cercano peligro. Trotaban los otros caballos, enardecidos por las espuelas de los jinetes.



...] [Retirábanse los picadores del redondel. Habían hecho la señal de la suerte de banderillas y los jinetes llegaban sobre sus caballos manchados de sangre, con el pellejo rasgado y colgando de sus vientres el repugnante bandullo de las entrañas al aire.
Los monosabios conducían de las riendas los caballos heridos, que arrastraban sus entrañas por el suelo, soltando al mismo tiempo por debajo de la cola una diarrea de susto.
Un mozo de cuadra, moviéndose con precaución junto al caballo, coceante de dolor, le quitaba la silla, echándole después a las piernas unos lazos de correas que las agarrotaban, uniendo las cuatro extremidades y haciendo caer al animal al suelo.
Y los mozos, arremangados, inclinábanse sobre el vientre abierto de la bestia, que esparcía en torno regueros de sangre y de orín, pugnando por introducir a puñados en el trágico desgarrón las pesadas entrañas que colgaban fuera de él.



Otro sostenía las riendas del caído animal y apretaba contra el suelo la triste cabeza poniendo un pie sobre ella. Contraíase el hocico con gesto de dolor; chocaban los dientes largos y amarillentos con un escalofrío de martirio, perdiéndose en el polvo los relinchos, ahogados por la presión del pie. Pugnaban las manos sangrientas de los curanderos por devolver a la abierta cavidad las flácidas entrañas; pero la respiración jadeante de la víctima las hinchaba, haciéndolas salir de su encierro y desparramándose otra vez como piltrafas empaquetadas. Una vejiga enorme inflábase entre los despojos, entorpeciendo el arreglo.

-¡La bufa, valientes!... -gritaba el director-. ¡Duro con la bufa!

Y la vejiga, con todas sus entrañas anexas, desaparecía al fin en las profundidades del vientre, mientras dos mozos, con la agilidad de la costumbre, cosían la piel.



Cuando el caballo quedaba <<arreglado>>, con bárbara prontitud, le echaban un cubo de agua por la cabeza, libertaban sus piernas de la trabazón de las correas y le daban unos golpes de vara para que se pusiera de pie. Unos, apenas caminaban dos pasos, caian redondos, derramando un chorro de sangre por la herida zurcida con bramante. Era la muerte instantánea al recobrar las entrañas su posición. Otros manteníanse fuertes por los secretos recursos del vigor animal y los mozos, después del <<arreglo>>, los llevaban al <<barnizaje>>, inundando sus patas y vientres con violentas abluciones de cubos de agua. El color blanco o castaño de los animales quedaba brillante, chorreando sus pelos un líquido de color rosa, mezcla de agua y sangre.



Remendaban los caballos como si fueran zapatos viejos; explotaban su debilidad hasta el último momento, prolongando su agonía y su muerte. Quedaban en el suelo pedazos de intestino, cortados para facilitar la operación de <<arreglo>>. Otros fragmentos de sus entrañas estaban en el redondel cubiertos de arena, hasta que muriese el toro y los mozos pudiesen recoger esas piltrafas en sus espuertas. Muchas veces, el trágico vacío de los órganos perdidos remediábanlo los bárbaros curanderos con puñados de estopa introducidos en el vientre.

Lo importante era mantener en pie a estos animales unos cuantos minutos más, hasta que los picadores volviesen a salir a la plaza; el toro se encargaría de rematar la obra... Y los jacos moribundos sufrían sin protesta esta lúgubre transfiguración. Los que cojeaban eran reanimados con ruidosos golpes de vara, que les hacían temblar desde las patas a las orejas.

Un caballo manso, en la desesperación de su infortunio, intentaba morder a los <<monos sabios>> que se aproximaban. Entre sus dientes guardaba aún colgajos de piel y pelos rojos. Al sentir el desgarrón de los cuernos en su panza, el mísero animal había mordido el cuello del toro con una furia de cordero rabioso.

Relinchaban tristemente los caballos heridos, levantando la cola con ruidoso escape de gases; un hedor de sangre y excremento vegetal esparcíase por el patio; la sangre corría entre las piedras, ennegreciéndola al secarse.

Aún hoy en día, a pesar de las protecciones que llevan los caballos de los picadores, algunos son corneados por los toros, como lo son algunos de los caballos de rejoneo.








10/3/11

Cuidemos la ortografía y el significado de las palabras, taurinos

¿Porqué me odias? Incorrecto. Lo correcto sería: ¿Por qué me odias?

"Sabias", es incorrecto. Lo correcto sería: "Sabías".

A pesar de haber sido escrito con mayúsculas, las palabras "donde" y "quedo" deben ir acentuadas: "dónde" y "quedó". Las palabras que deben acentuarse llevan tilde se escriban con mayúsculas o con minúsculas.

Y para terminar se utiliza incorrectamente la palabra "especie" ya que el toro de lidia no lo es, sino que es una raza.

Añado un comentario que han dejado sobre este asunto en mi facebook y que me parece sumamente acertado, junto al de Mabel que aparece abajo:

Vicen ha escrito:
Mis razones: nunca fue mi fiesta, ni la del toro. No es una especie, (es una creación humana con vistas a la brutalidad, la crueldad  y negocio). No os he retirado mi apoyo porque nunca la habéis tenido. Y por último, no odio al animal, lo quiero, lo valoro, lo respeto y por eso lo defiendo. Por lo tanto, no me sirve ni me parece noble ni justo que se sirvan de la imagen del toro y ponerle a pie de palabras preguntas que un toro nunca diría. Las barbaries sólo las escriben y las cometen los bárbaros. No pongais palabras en la boca del toro que él no ha dicho. La nobleza del toro nunca la podrán entender seres con la mentalidad tan justa, tirando a mínima, ni seres con un intelecto casi nulo.




9/3/11

El toro en las civilizaciones mediterraneas.

 Apuntes del libro: "El toro en el Mediterraneo" de Cristina Delgado Linacero. 1996.



El ganado vacuno pertenece dentro de la escala zoológica a la especie bos taurus, ubicada en la siguiente escala taxonómica según J. Young:

Tipo: Cordados
                        Subtipo: Vertebrados
Clase: Mamíferos
                        Subclase: Euterios
Orden: Ungulados
                        Suborden: Artiodáctilos
Familia: Bovidae
                        Subfamilia: Bovinae
Género Leptobos (extinguido)
Género Bubalus
                        Subgénero Mindorensis (Búfalo de Mindoro)
                        Subgénero Anoa (Búfalo gamuza)
                        Subgénero Bubalus: Búfalo africano
                                                       Búfalo asiático
                                                       Otros búfalos
Género Bos
                        Subgénero Bibos: Banteng (B. banteng)
                                                    Gaur (B. gaurus)
                                                    Gayal (B. frontalis)
                        Subgénero Phoephagus: Yak (P. Grunniens)
                        Subgénero Bison: Bisonte europeo (B. Bonasus)
                                                   Bisonte americano (B. Bison)
                        Subgénero Bos
Especie: B. Taurus L. (Ganado vacuno)
             B. Taurus indicus (Cebú)

El interés por esta especie ha sido constante desde su domesticación, ya que durante los seis mil años más o menos transcurridos desde su domesticación ha contribuido en gran medida al bienestar humano.

Fuentes artísticas, literarias, y arqueológicas nos han proporcionado datos sobre la forma más primitiva de este animal al que Julio Cesar denominó uro por primera vez, latinizando el nombre de auroch por el que era conocido por los galos. 

El uro era un bóvido de gran tamaño, mayor en el Pleistoceno que en el Holoceno. En este época medía entre 1.70 y 2 metros de altura hasta la cruz. Sus cuernos ofrecían una gran variedad de formas y longitud, que eran de color pálido con las puntas negras. Un cráneo hayado en Monte Mario, nos dicen que el cuerno tenía una circunferencia de base de 50.2 cms, y un diámetro de 17 cms.Se estima que su cabeza debía pesar unos 48 kilos. Sus extremidades eran largas, y su grupa relativamente corta.



Eran de color negro con una banda clara sobre el lomo, con un mechón blanco y rizado que caía entre los cuernos. El hocico también era blanco o, a veces, grisáceo. Estas coloraciones eran más típicas en los ejemplares que vivían en Europa central, mientras en el sur y en el oeste la franja del lomo tendía a ser amarillenta o rojiza. Otra variante era la de tono castaño con los cuartos traseros grises. Existen en la actualidad animales con esta gama de colores en Córcega, ciertas zonas del suroeste de Europa, y en el norte de África, sobre todo en Marruecos.

 El uro es visto por última vez en Egipto en 1398-1361 a.C. En Libia existian aún en el s. V a.c, mientras que en Marruecos ya no existían cuando llegaron los romanos. En Europa su existencia ha perdurado hasta hace casi 400 años (1627), cuando el último espécimen fue capturado en los bosques de Polonia.



Su domesticación se produce en etapa preagrícola en la que el hombre era cazador y recolector, pero es desconocida la forma en que este proceso se llevó a cabo. En Africa y Asia (Cercano Oriente), el cambio de comunidades cazadoras y nómadas a sedentarias, agrícolas y ganaderas era una realidad a comienzos del V milenio a.C. En Europa sucedió un milenio más tarde, y en el resto de Asia, dos milenios después.



Hoy sabemos que la presencia de ganado doméstico de cuernos largos, es generalizada en Mesopotamia, Levante asiatíco y Egipto durante el IV milenio a.C.



El cuernilargo doméstico asiático pudo cruzar el Bósforo e introducirse en Europa central, diseminándose después por diferentes regiones como la península ibérica, donde dio lugar a las razas que hoy integran el Tronco Cantábrico.

Una rama del vacuno rubio egipcio cruzó problamente el norte de Africa y pasó a la península Ibérica a través del estrecho de Gibraltar. Desde aquí se extendió a otros países europeos donde, como en el resto de este continente, el cuernilargo fue el bovino común desde el Neolítico hasta la Edad de Hierro, y a pesar de sus variaciones craneológicas, nunca se alejó de su primitiva forma salvaje.

La presencia de ganado cuernicorto se ubica en el año 3000 a.C, en que empieza a reemplazar a la raza nativa de cuernos largos en Mesopotamia, Irán, Egipto, y Europa, es decir en el Neolítico, extendiendose por el centro y el este de nuestro continente durante la Edad del Cobre y la Edad del Bronce, pero no se generalizó hasta la Edad del Hierro. Animales acornes existieron también en todas partes. En Europa se conocen desde el Neolítico Final y comienzos de la Edad del Cobre.

Lo cierto es que, por las características geográficas y la climatología, la crianza del ganado bovino quedó relegada en la zona del mediterraneo a valles y llanuras herbáceas, siendo mucho más importante la crianza de los ovicaprinos.

Los modelos más primitivos de bovinos egipcios domésticos eran animales con encornaduras dobladas hacia abajo o hacia arriba, cuyos pitones describen curvas muy cerradas. No eran animales originarios del Valle del Nilo, sino que fueron conducidos allí por pueblos de procedencia asiática que conocían la selección racial. El cuernilargo egipcio fue muy común durante la era faraónica.



En referencia a Creta podemos decir que no fue un lugar en donde se criaran bóvidos en gran cantidad, pero si sabemos que el toro desempeñó un papel esencial en el desarrollo cultural y religioso de la isla. Se sabe que existía un tipo de espectáculo público donde acróbatas profesionales ejecutaban diversos saltos sobre cuernilargos. Este deporte requería de la industria de la cría y selección de reses bravas o con cierta dosis de bravura.



En Italia, especialmente en la zona del Po y del Adigio, supuso, con la llegada de los romanos, la transformación de sus grandes bosques, en zonas de cultivo, con amplios pastizales en donde se comenzó a explotar el ganado vacuno. La belleza y cuantía de los ganados itálicos fue celebrada por muchos autores latinos. Italia es "tierra de bueyes". Los antiguos griegos llamaron ITALI a los toros.

La Iberia prerromana y de los primeros tiempos de la romanización, era un país montañoso y cubierto de bosques donde existían llanuras de suelo pobre y escaso de agua. Sus pobladores, agrupados bajo diversas denominaciones, practicaron una economía cuyos recursos más importantes fueron la ganadería y la agricultura, con predominio de la primera sobre la segunda en gran parte de la Península.



Los pueblos del norte, recolectaban frutos y se dedicaban al pastoreo de animales. Los de la meseta fueron agricultores y ganaderos. Especialmente, Celtiberia, en la zona oriental, basaba su subsistencia en la caza y en ganado. Los carpetanos y vetones tenían fortificaciones provistas de corrales para los animales, y en su obra artística los toros son representados con frecuencia. Coinciden estas poblaciones con la actual Salamanca, Avíla, y Burgos... A pesar de la base ganadera de estos pueblos, la Meseta nunca dispuso de amplios espacios para pastos. La tendencia desde antaño fue alimentar a los animales con cultivos forrajeros como la cebada. En el sur de la península, en especial en el valle del Guadalquivir, y la costa, ha sido el área más densamente poblada de la Prehistoria. Los romanos denominaron Bética a toda esta tierra en la que los animales domésticos jugaron un importante papel económico. Fueron famosos los toros rojos del valle del Guadalquivir. La zona de Levante y sureste no era tan rica, aunque existía el ganado vacuno, pero prevalecía el ovino, el caprino, el cerdo y el caballo. Agrícola y pastoril era la zona catalana.



La ingesta de carne de bovino se produjo muy temprano, se puede decir que en el Pleistoceno. En un principio procedía de la caza del uro, pero la progresiva domesticación fue reduciendo esta práctica al mínimo hasta que éstos se convirtieron en los principales abastecedores. Los centros más antiguos de ganado doméstico corresponden a Anatolia en 5800 a.C, y Grecia, 6000 a.C.

Se observa la tendencia a preferir el bos cuernicorto, más pequeño, como animal de mesa. En el levante hispánico se observa de manera clara, al igual que su diversificación para carne, leche o trabajo.

No hay duda de que los pueblos de la Antiguedad guardaron su ganado en apriscos y establos, en particular durante las épocas frías. Así vigilaban mejor su alimentación y los protegían de los peligros nocturnos. En algunos lugares se convivía con ellos para obtener una fuente de calor. Los egipcios ya los ataban con anillas de cuerda cuyos extremos se unían a piezas de madera con dos orificios, que a su vez se enterraban en tierra. El ganado se sujetaba a ellas por un ramal anudado a su cuello, mandíbula inferior o pata.

Ninguna estructura anterior a la Segunda Edad del Hierro ha sido identificada como establo.

En el caso de los griegos y los romanos, los establos ofrecian al vacuno la posibilidad de resguarnecerse de las inclemencias climatológicas, y se situaban cercanos a lugares en donde había agua en abundancia.

En la península Ibérica los escasos datos obtenidos sobre el tema, parecen indicar que en el área del Guadalquivir, el bovino pastaba en las dehesas al aire libre, propiedad de grandes terratenientes. En la zona de Avila y Salamanca, el ganado pastaba en libertad durante el día y era encerrado por la noche desde noviembre a abril.

Las marcas con fuego se realizan en estos animales desde la Antiguedad para asegurar de modo legal, la posesión de los mismos en el antiguo Egipto. En otros lugares se realizaban con colorantes, y Virgilio describe la técnica del rojo vivo para marcar la piel de los becerros. Las señales variaban, según se destinase al animal a la reproducción, al sacrificio o a las labores agrícolas.



En la península Ibérica, la carne de vacuno fue consumida desde tiempos muy tempranos, al contrario que por los romanos, los griegos o los egipcios, que utilizaron a estos animales para el trabajo y los sacrificios. Hay vestigios de que en la etapa Final del Bronce, y en la Edad del Hierro, existían asadores de carne, es decir objetos punzantes en los que era introducida la carne para asarla al fuego. Además, los pueblos de la Antiguedad conocieron y practicaron la compleja técnica de convertir el pellejo del vacuno en piel. El zapato fue posterior a la sandalia, y se cita ya en el año 1600 a.C. El pergamino fabricado con piel se remonta al siglo VIII a.C, y en Roma al s. II a.C. El uso de la leche y sus derivados en el Mediterraneo y Oriente Próximo se remontan al IV milenio a.C. El cuerno se utilizó como vaso para beber líquidos, administración de pócimas a los enfermos, guardar leche, contenedores de aceite, instrumento sonoro, unguento para óleos...

Lo cierto es que el bovino fue considerado desde los primeros tiempos como propiedad de gran valor, y un mayor número de ejemplares era símbolo de riqueza y poder, llegándose a instaurar posteriormente como moneda de cambio, e incluso como dote de bodas de la mujer.

El significado del ganado entre los pueblos orientales, indujo a la utilización de imágenes y símiles alusivos, contenidos en el lenguaje figurativo. La relevancia del vacuno sobre otros animales, y en particular de las cualidades y caractéristicas del toro salvaje, convirtió a esta especie en la más adecuada para sus comparaciones.

En Egipo el faraón fue equiparado a un toro bravo. Su imagen respondía a la de macho dominante y encarnación de la fertilidad viril como su padre solar Re, modelo del dios creador y detentador del poder supremo. Re, se unió con Amón el alimento de la vida, llamado también toro de las Cuatro Doncellas, y adopto el nombre de Amón-Re. La Diosa del Oeste, Nut, resurgía cada mañana, revestida del aspecto de un becerro que adquiría su forma adulta a lo largo del día. Re era identificado como un toro negro, Mnevis. También el faraón era mencionado ya desde las primeras dinastías como toro poderoso, toro cornudo, victorioso toro, etc. Crónicas posteriores se refieren a los faraones como toros que aplastan a sus enemigos con sus cuernos. Thutmosis III fue llamado toro de Montu. La fuerza procreadora era encarnada por el buey Apis.



En Mesopotamia, el dios Anu, cedió ante los requerimientos de su hija Innana para castigar el desaire amoroso de Gilgamesh, y le envió al terrible Toro Celeste, el cual no sólo arremetió contra el héroe, sino que arrasó todo lo que encontró a su paso. Hamurabi era el fiero uro que acorneaba al enemigo. El hijo de Enlil, que a su vez era hijo de Anu, llamado Nana, era evocado como el poderoso toro joven de robustos cuernos, poderoso toro joven del cielo, toro feroz de gruesos cuernos, etc. Bel, continuador asirio de Anu y Enlil, recibió el nombre de toro divino, y el bovino. En Babilonia, Marduk era fuerte y luchador como un joven toro del día cuyo rugido resuena sobre la tierra.



La protección de los dioses taurinos fue creencia extendida en Anatolia, y Levante asiatíco. El carácter taurino de Él y su personalidad influyeron en gran medida en la formación de la divinidad de los hebreos. En los relatos bíblicos se alude a la divinidad hebrea, como toro, poderoso toro de Jacob o toro de Israel, incluso después de tomar el nombre de Yahvé. La biblia hace alusión a la colocación de becerros de oro en los patios de los templos para que los fieles adorasen a Yahvé.



En los pueblos del Mediterraneo central y occidental, los orígenes monárquicos estuvieron ligados a reyes míticos elegidos por los dioses. Los cretenses hacían remontar esa institución al legendario Minos que como en Oriente Próximo, fue soberano por derecho divino. Hijo de Zeus-Toro y de la bella Europa, cada nueve años acudia a la caverna del monte Ida para recibir de su progenitor las leyes que debían regir a su pueblo.



El Zeus griego ha sido emparentado con el Toro Celeste y de la fertilidad en Próximo Oriente. Los héroes griegos como Sarpedón morían "bramando como un toro", y Agamenón sobresalía entre los demás caudillos como "un toro entre las vacas". Dionisio hijo de Zeus, dios de la vegetación y de la fecundidad, parece ser que era representado bajo la forma total o parcial de un bovino.



En la península Ibérica, la presencia del toro en numerosas pinturas ruprestes revela una supervaloración de este animal desde tiempos prehistóricos. Aunque no hay pruebas de que recibiese una especial veneración, si se ha encontrado formando parte de escenas de posible matiz ritual o religioso lo que puede hacernos pensar que pudo ser objeto de algún tipo de culto.



Los pueblos indoeuropeos, asimilados al sustrato indígena en las áreas norteñas del país, representaban a uno de sus dioses con cuernos de toro. En el mundo indoeuropeo, y en particular en el céltico, el toro simbolizaba el poder victorioso y ese poder era encarnado por una divinidad de la guerra de origen desconocido. Es probable que los pueblos galaico-lusitanos tuvieran un dios guerrero representado por la figura de un toro como símbolo de fuerza y poder.

En el sur y sudeste de la Península, el bovino estuvo en relación con cultos funerarios y de la fecundidad más cercanos al mundo oriental. Por ejemplo Gerión, mito tarteso, representaba la riqueza minera, la agrícola, y sobre todo la ganadería centrada en el vacuno.

El otro mito tarteso, Habis, se ajustaba más al prototipo de héroe legislador e impulsor de la civilización. Su principal aportación, como soberano de Tartessos, fue la enseñanza del manejo de la yunta de bueyes y del arado. Pero el arado y el yugo fueron aperos de origen sagrado, conectados con la realeza en todo el Mediterraneo y en el Próximo Oriente. Ambos instrumentos estuvieron relacionados con cultos taurinos que llevaban implícita la idea de la fertilidad. Algunas representaciones formaban parte de ámbitos funerarios donde la fecundidad del toro suministraba fuerza vital en el Más Allá. El culto a los poderes generativos del toro y su función funeraria se extendió, también, a las islas Baleares.



Pero lo cierto es que, el poder divino y real adquirió facetas más suaves al desempeñar su labor directiva. El terrible toro que se imponía por su fuerza y bravura, se transformó en el pastor que cuidaba y conducía a su grey con su justicia y sabiduría, defendiéndola de las acechanzas del enemigo. Hamurabi se definía como pastor del pueblo. En Africa se conservan todavía tradiciones en los que algunos pueblos denominan al jefe de los guerreros toro de la hueste, o toro guia, o toro conductor del rebaño. Los patriarcas hebreos ejercían como conductores del pueblo. En la Grecia micénica, los reyes homéricos fueron conocidos como pastores de los hombres, en la península Ibérica, Gerión y Viriato trabajaron en el oficio de pastor.



El cayado y el báculo pasan a ser el símbolo que subraya el carácter pastoril, siendo el símbolo del poder, heredado de los propios dioses. Así, Yahvé transformó el báculo en la fuerza de Moisés ante el faraón, quien también lo sustentaba. Fueron notables los dioses cuya profesión concreta era la de pastor y los pastores a cuyo cuidado se encomendaba la educación de personajes divinos o de origen real. Ejemplos de esto son: Dumuzi, Tammuz, Attis, Adonis, Hermes, Apolo, Helios. También el dios solar, Helios, poseía gran cantidad de vacas y ovejas. Marte era protector del ganado vacuno, antes de adquirir su condición bélica, que se produce cuando Roma se transformó en potencia militar. En Egipto, el papiro de Orbiney relata el cuento de los dos hermanos donde el vaquero Bata disfruta del cariño de sus animales. El mismo, tras multitud de vicisitudes, acabará transformándose en un toro.



Varios mitos relacionan a héroes y dioses con tareas pastoriles: Ganimedes, Paris, y Eneas cuidaron animales. Licasto, Télefo, y Edipo fueron reconocidos como pastores tras ser abandonados a su suerte. Rómulo y Remo ejercieron labores pastoriles.

En relación con la península Ibérica, existe la hipótesis de que el Gerión tartésico fuese, en realidad, un pastor.

El hombre-toro pertenece a la serie de híbridos, que el mundo ideó en el periodo anterior a aquel en que los dioses antropomórficos cobraron importancia.

En Mesopotamia comenzó a representarse a partir del III milenio a.C. Se le configuró con cuerpo de toro y cabeza humana con cuernos de bovino. Su función fue proteger al ganado de los ataques de otros animales, casi siempre leones. En el Levante asiático es probable que estos seres fantásticos fueran lo que la Biblia denominó querubines. En el mundo egeo, una de las representaciones de Talos, el vigilante de Creta, era la forma de un toro. El Minotuaro cretense, fue el fruto de los adúlteros amores de Pasifale, esposa de Minos y reina de Creta, con un toro. Este monstruo recibía el sacrificio todos los años de catorce jóvenes atenienses de los dos sexos en su laberinto. El héroe Teseo se incluyó voluntariamente en uno de esos lotes y ayudado por Ariadna, hija de Minos, mató al Minotauro y se casó con la princesa.



La influencia de los híbridos semi-taurinos se extendío por todo el Meditarraneo. En Grecia se le asoció a corrientes fluviales, en cara alusión a la fertilidad.

En Italia, y especialmente en Sicilia, se encuentran toros androcéfalos vigilando el sueño del difunto, lo que hace pensar que defendían su paz eterna.

En la península Ibérica aparece en ciertas monedas la figura del hombre-toro, en los siglos IV-III a.C. Del mismo modo la Bicha de Balazote, un toro androcéfalo se piensa que fue colocado como guardían de una tumba. Se fecha en el IV a.C.



La ocultación del rostro con máscaras fue para el hombre de la Antiguedad un medio de transformación en otro ser, en otra naturaleza, y un instrumento de contacto con las fuerzas sobrenaturales. En este sentido, la máscara taurina, utilizada desde tiempos primitivos dentro de los contextos religiosos, fue el vehículo de comunicación entre la divinidad y su devoto, identificado con un animal sagrado. Durante el tiempo ritual, el segundo se elevaba por encima de su condición, convirtiéndose en un auténtico hombre-toro, pletórico de las preciadas facultades vitales y genésicas de que este mensajero divino era protector. Su uso se ha identificado en Anatolia (5800 a.C), en la religiosidad hitita, en la isla de Chipre (2500-1900 a.C), en la Roma antigua...



En la península Ibérica, se han encontrado pinturas que representan a hombres disfrazados de toro en Jaén, Alicante, Castellón y Cuenca, que podrían ser chamanes. En la actualidad, el folklore hispánico es una reserva de ciertas costumbres. Todas ellas tienen en común el uso de simulacros taurinos y su celebración entre los últimos días de diciembre y finales del carnaval. Eran habituales los festejos en que, los hombres desfilaban disfrazados de ciervos y de vaquillas (vitula). Estas celebraciones continuaron hasta la Edad Media, y eran consideradas paganas.

Muy populares son las Vaquillas en las que uno de los participantes se disfraza con un armazón que imita a una vaca, y que se lleva a cabo en pueblos de Madrid, Guadalajara, León, Soria, Palencia, Lérida, Zamora... El final de la fiesta incluye la muerte del supuesto animal, cuya sangre se bebe transformada en vino. La máscara corre por el pueblo embistiendo a los transeúntes, con particular empeño en las mujeres. En el norte de Cataluña se celebran mascaradas en las que intervienen comparsas de Bous, papel que ejecutan dos mozos uncidos a un yugo que tira de un arado.



En el mundo de los símbolos, las astas taurinas fueron sinónimo de fortaleza y poderío, y se emplearon como emblema por la realeza y por la divinidad. "Romper el cuerno", era "quebrantar el poder" en lenguaje acádico.
Como distintivo de rango, las astas de toro formaron parte de los tocados de los grandes personajes del cielo y la tierra.

Además, el asta de toro se usó como instrumento religioso. Los hebreos lo destinaron a contener el óleo sagrado con que ungían a sus monarcas y como primitiva trompeta que incluso Yahvé hacía sonar. El cornu musical también lo utilizaron los griegos, etruscos y romanos.



La carne de vacuno constituyó el manjar más delicado para las celebraciones religiosas. Para muchos era la única oportunidad de consumir esta carne. En el libro del Génesis se alude a un pacto entre Dios y Abraham tomando como garantía animales. Este rito aún se celebra hoy en día en Sudán. La sangre de la víctima desempeñó un papel fundamental, ya que constituía el elemento vital, y sólo pertenecía a la divinidad. Vasos esculpidos para contener este líquido se han encontrado en muchas civilizaciones (vasos de libación). Posteriormente, en los lugares en los que iban desapareciendo los sacrificios rituales, la sangre fue sustituida por vino tinto. Los ritos con sangre se han clasificado en: por aspersión, por impregnación, ritos ctónicos, y ritos de renacimiento.

El sacrificio suponía la consagración de una persona, animal o cosa a la divinidad. Este acto, común a toda religiosidad desde tiempos muy remotos, desempeñó el papel principal en el culto. En estos rituales se utilizó con mucha frecuencia el toro. Su carne poseía el poder de transformar al hombre, su sangre al cosmos. Los animales reservados para ello, eran escogidos con sumo cuidado. En realidad era la divinidad la que los escogía a través de diversas señales observadas en ellos. Las cabezas de estos animales eran adornadas con diversos motivos antes del ritual. Para este tipo de acciones se construían los altares sacrificiales que se colocaban en la antecámara del santuario o bien en el exterior de los mismos. En la Biblia se alude a éstos, como rocas naturales o piedras amontonadas, a lugares altos.



Las culturas ribereñas del Mediterraneo y las Próximo Oriente consideraron la fertilidad como un valor fundamental. Su vida y su supervivencia dependían en buena parte del normal desarrollo de las cosechas, de la abundancia de animales y de la cantidad de brazos disponibles para el trabajo y la defensa de sus propiedades. De aquí que desde tiempos muy remotos, el hombre tratara de descubrir la fuente de tan gran beneficio. La temprana percepción del doble poder genésico y físico del toro le convirtió en el vivo exponente de la virilidad, la cual sirvió de base para su sacralización, asociándolo a un principio masculino estimulante de la naturaleza sin cuyo influjo nada se desarrollaba. La sacralidad del toro como fuente de fertilidad se convirtió en la encarnación de la virilidad deseada por hombres y dioses. La conservación de ese don implicaba la juventud y la plenitud de facultades: su pérdida suponía el abandono del poder supremo. Los relatos mitológicos explican cómo dioses, pertenecientes a diversas generaciones, se derrocaban del poder unos a otros por el sistema de castración viril.



Los atributos del toro, como animal genésico por excelencia, fueron plasmados sin rubor por los artistas del mundo antiguo. El arte literario se valió también de estas cualidades taurinas para elaborar bellos relatos en los que se manifiesta su poder procreador.

 Existen indicios de una simbología solar taurina en nuestras fiestas populares donde intervienen los toros de fuego o embolados. En la cueva del Covachón en Soria se ha encontrado una pintura de arte rupestre, que parece representar a un toro al que un individuo sujeta con una mano por los cuernos, mientras con laotra pone ante sus ojos una especie de muleta. El animal pugna por sacudirse la presión humana. Sobre sus astas, cruz y ancas sobresalen tres extraños objetos que algunos interpretan como "haces engrasados de los tiempos prehistóricos, colocados sobre los toros, para encenderlos de noche y celebrar con esa espantosa visión las fiestas jubilares de la tribu". La supuesta tela, sacudida por el lidiador, también podrían ser ramas encendidas para prender los haces. El espectáculo de un toro corriendo envuelto en fuego puede contemplarse en muchas poblaciones de nuestra geografía. Algunos investigadores identifican estos festejos con ritos solares de la fecundidad y renovación, que se solían celebrar después de la recolección de las cosechas, es decir cuando el sol ha perdido su influencia sobre la fertilidad de la tierra. El hecho de que se celebren por la noche puede estar relacionado con la intención de que las luminarias ahuyenten a las tinieblas. Este tipo de ceremonias hoy se han transformado en un juego, cuando en sus inicios se ofrecía al animal genésico a la divinidad, revestido de fuego solar, con la esperanza del nuevo resurgir de la vida en la primavera siguiente.




De todas las especies animales, el toro bravo destaca por su respuesta de embestida ante el estímulo de elementos incitantes. El descubrimiento de esta singular condición, es muy antiguo y sin duda tuvo lugar durante el ejercicio de actividades venatorias, desarrolladas por el hombre ya en estadios pre-agrícolas. El espíritu observador del cazador, derivó en admiración ante la belleza, fuerza y bravura de este animal. En ello estribó la clave de la selección y mantenimiento de este bóvido como elemento lúdico-religioso: era una víctima propiciatoria, que ofrecía la posibilidad de un divertimento previo a su muerte. Provocaciones a base de colores, saltos, carreras etc., debieron constituir el meollo del desafío, es decir, lo que en lenguaje taurino se llama "entrar al trapo".

En las representaciones artísticas del Paleolítico hispano-francés, aparecen toros pintados en diversas actitudes. En ocasiones se observa el enfásis que ponen los artistas en el tratamiento de las astas, y en la representación de los atributos masculinos de estos animales. Estos elementos están ya presentes en algunas pinturas postpaleolíticas y reflejan el descubrimiento de la potencia sexual del macho tal vez en la relación entre estos órganos y la bravura. Esta relación ha sido aprovechada por los taurinos para decir cosas como éstas: "No olvidemos tampoco que el toro es hipergenital, y que la testosterona es una fábrica de irritabilidad, de agresividad" (Domecq). "El perfecto desarrollo de los órganos genitales externos y el efecto sobre el psiquismo y comportamiento subsiguiente del animal se dejan sentir notablemente en el animal adulto, pudiéndose observar una actitud agresiva y un sentido de la acometida más definido y concreto que en el animal insuficientemente desarrollado". El que pronuncia esta última frase, R. Barga, afirma que la función de ésta y otras hormonas segregadas por los testículos, son los artífices de lo que se ha llamado el trapio.



La elección de tan bello y poderoso animal como protagonista y víctima de prácticas lúdico-religiosas fue la consecuencia de la conversión de la primitiva necesidad de la caza en un ejercicio de valor. La amenaza que los pitones del toro implicaban para su oponente humano fue plasmada ya en el Antiguo Egipto. En las representaciones, un toro, que representa al rey, cornea furiosamente a su enemigo tendido en el suelo. La selección de animales con casta debió ir unida a la domesticación. Los frescos del palacio de Cnoso (Creta) muestran toros corpulentos y bien desarrollados, de capa pía, fruto de una probable cría y selección con fines deportivos rituales.



A.C Leopold sostiene que el hombre no pudo utilizar alimentos de origen vegetal de alto valor calórico, válidos actualmente como sustitutivos de la carne, antes de ser inventada la cocción; contienen sustancias nocivas para el organismo que sólo desaparecen mediante este proceso; seria el caso de las legumbres, o de la dificultad de digerir semillas feculentas crudas por el estómago humano, problema solucionado al molerlas y cocinarlas o bien al hacer fermentar los granos. M. Crawford reconoce el valor de las proteinas vegetales, pero subraya el hecho de que los productos animales suministran grasas estructurales, inexistentes en la vegetación, decisivas en el desarrollo de los nueve mil millones de neuronas de nuestro cerebro. Ardey expone que en las gélidas épocas en que vivió el hombre de Neandertal, la brevedad de la duración del ciclo vegetal tuvo que inclinar la balanza hacia un régimen especialmente carnívoro. El uro, representado en las cavernas paleolíticas por el hombre de Cromagñon, se constituyo en presa codiciada, en las que además hay connotaciones de fetichismo, totemismo y magia. Cómo dice Reinach: "No sólo hay pueblos que buscan la posesión de la imagen de su presa para asegurarse el éxito de la caza, sino que también están aquellos que, por el contrario, anhelan conseguir las cualidades de un animal de presa a través de su imagen y de este modo verse dotados de su habilidad en la caza" (Esta frase no la entiendo, tratándose de un herbívoro como es el toro). De cualquier forma, también es cierto que son muchos los investigadores que creen que el significado del arte rupreste todavia no ha sido explicado.

Es evidente que los juegos taurinos proceden de las prácticas venatorias. El descubrimiento de la agresividad del toro en su respuesta ante el acoso, con una embestida frontal, se convirtió en el eje medular de su enfrentamiento cara a cara con el hombre quien, antes de consumar el sacrificio, desafiaba los pitones de su oponente. No es de extrañar que en un momento de la prehistoria se procediese a seleccionar determinados ejemplares, reservándolos para ocasiones especiales. Los precursores de los toreros, es decir, cazadores de toros, saltadores del toro, y matarifes, se transformaron en hierofantes de un espectáculo con fondo sacro, que de un modo u otro siempre terminaba con la muerte del animal. Sin embargo,el sacrificio del toro no siempre formó parte del juego propiamente dicho.

En Mesopotamia, desde el IV milenio a.C es frecuente ver a hombres semidesnudos y barbados sujetar y matar toros, agarrándolos por la cola, y por una de sus patas, y pisarles la cabeza en señal de victoria. Ya en aquella época se pueden ver representaciones de leones enfrentándose a toros, lo que sería el precedente del circo romano.

Los egipcios sintieron gran predilección por los combates de toros, contando para ello con recintos, y con reses criadas y seleccionadas previamente, que salían a la arena con denominaciones individuales. Cuando uno de los dos contendientes moría, se soltaba a otro para que luchara con el vencedor. Parece ser que los dos primeros animales eran cuernicortos y el tercero cuernilargo. Las reses eran azuzadas por dos pastores que las hostigaban con palos.



Los juegos taurinos por excelencia tienen su origen en el Egeo. De la isla de Creta surgió una modalidad, basada en acrobacias sobre un toro. A pesar de su carácter lúdico y deportivo, es fácil detectar ese transfondo religioso que impregnaba de esencia taurina cualquier manifestación de vida minoica. Saltos parecidos fueron practicados en España, y los forcados portugueses parecen claros herederos de los mismos. Podrían tener su origen en el recuerdo del antiguo mito de Teseo y el Minotauro. La lucha del héroe y el monstruo simbolizaría la del dios y la víctima del sacrificio. Otros investigadores opinan que nada de eso contenían los juegos de los cretenses con los toros, y que era un deporte secular y profano. Lo que se decuce de estas imágenes es que el toro era sacrificado después, y su carne repartida entre los asistentes. Posteriormente en el mundo heleno, este tipo de festejos desaparecen, aunque se siguen matando toros en sacrificios como ofrenda a los difuntos y como banquete funerario.



Los juegos taurinos renacieron con gran vehemencia en la Roma republicana. Los romanos desarrollaron las venationes en dos formas: luchas entre animales, y luchas entre hombres y animales. Para ello disponían de los circos y anfiteatros. Datan de 186 a.C. Había luchas de toros y elefantes, toros y rinocerontes, y toros contra leones. En todas las actuaciones, el vencedor era rematado por un bestiarius. En las luchas de hombres y animales, los primeros recibían al nombre de bestiarii y de venatores. Solían ser secundados por perros. Cesar incorporó a estas demostraciones el acoso a los toros con caballos.  La otra modalidad fue la de los damnati ad bestias, personas de ambos sexos condenados a purgar sus culpas en el anfiteatro. El origen de este castigo puede ser cartagines. Este procedimiento se utilizó durante la época de las persecuciones a los cristianos. Los toros eran enfurecidos con hierros candentes antes de salir a la arena.



La tradición lúdico taurina se remonta a tiempos neolíticos y parece desarrollarse sobre rasgos autóctonos. Parece ser que se centró en la zona de Levante, en donde han sido descubiertas muchas pinturas ruprestes que aluden al tema: La Covacha (Teruel), Valonsadero (Soria), Cogul (Lérida), Cingle de la Gasulla (Castellón), Cieza (Murcia), Cieza, Albacete, Lliria... La cronología de estas pinturas se situa entre el Epipaleolítico y el final del Neolítico, y parecen evocar danzas y juegos con toros. En algunas de ellas los animales están heridos por flechas, y en otras paracen emular a los actuales toros de fuego. Polibio y Apiano mencionan el empleo de unos toros con teas encendidas atadas a sus cuernos, como estratagema con que los mercenarios iberos y el caudillo hispano Orisson desbarataron los ejércitos cartagineses de Amilcar y Aníbal. Sin duda, la idea habría sido puesta en práctica con anterioridad con fines lúdicos o militares, habiéndose observado el efecto potenciador del fuego en la agresividad del toro. La Península no quedó al margén de las actividades que llevaban a cabo los romanos en sus circos a partir de la conquista.

Son muchos los pueblos que en la actualidad celebran sus festejos con la presencia de toros, consistentes en los juegos de habilidad, y destreza que consisten en cansar al animal. Después, en algunos de estos festejos, los animales son conducidos a la plaza, donde el matador, el venatus o bestiarius le dará muerte, a través de un juego macabro y sangriento. En otros, como hemos mencionado se les embola con fuego.



Las corridas de toros, como se entienden hoy, adquieren fisonomía propia en el siglo XVIII, pero pueden derivar, al menos en su ejecución, de los juegos romanos. Por otro lado, luchas de animales entre las que figuran toros, aparecen en grabados, carteles, y crónicas, desde el siglo XV al XIX. Los perros alanos también aparecen en ellos.



En cuanto a los lidiadores es sabido que en el norte de España (Pirineo, La Rioja, Navarra, y Vizcaya) existía en la Edad Media la figura del matatoros, cuyo oficio, como su nombre indica, consistía en matar reses por dinero. Muchos reyes los llamaban a sus fiestas para cumplir dicha función y les recompensaban por ello. No sabemos de que forma desarrollaban su tarea, y no hay noticias de ellos en otras partes de la Península. Alfonso X en sus Partidas, califica de infames a aquellos que matan toros por dinero, condenándolos a la persecución por la justicia, y la marginación social. Sin embargo, el Rey Sabio considera valientes y esforzados a quienes probaban su fuerza ante el toro, pero sin remuneración económica alguna.



En los siglos XVIII y XIX existía en algunas zonas de España el toro nupcial. El novio y sus amigos corrían a un toro ensogado toreándolo con sus chaquetas hasta la casa de la novia. El novio le clavaba unas banderillas o las arrojaba sobre él la novia. Lo importante era que el novio tomara contacto con la sangre del toro, recordando el ritual mágico de la fertilidad. No olvidemos que en un principio la muleta era blanca, y que podría guardar relación con las sábanas de la cama.

La muerte del toro se añadió con el desarrollo del toreo caballeresco. La corrida nupcial, para algunos, no fue más que un rito transformado en evento lúdico, muchos de cuyos elementos originarios fueron asimilados a la corrida moderna.

Continuará.